lunes, 28 de abril de 2014

Lanzamiento de Cavilaciones (inédito de Juan Emar)


Lanzamiento de libro "Cavilaciones" de Juan Emar



El próximo martes 29 de abril, en el marco de la inaguración de la exposición "¡Estoy harto!" en la Biblioteca Nacional, lanzaremos "Cavilaciones",  libro de Juan Emar inédito hasta el momento.

Estas Cavilaciones de Álvaro Yáñez Bianchi fueron escritas en 1922, justo antes de que regresara a Chile desde París y comenzar con sus Notas de Arte en La Nación bajo el seudónimo de Juan Emar. En este libro asistimos a un camino de meditación en el que el autor busca aclarar a sí mismo su manera de comprender o sentir el mundo, e indaga cómo de este proceso de afinación se puede originar el mal.



El lanzamiento será realizado en la Sala Ercilla de la Biblioteca Nacional, el martes 29 de abril a las 19:00 hrs.. Presentarán el libro Nicolás Leyton, editor del libro,  y Pablo Brodsky, presidente de la Fundación Juan Emar.



Luego se ofrecerá un vino de honor, se abrirá al público la exposición.


Haz click acá para ver la portada del libro en tamaño completo.

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lunes, 2 de diciembre de 2013

PIBESA, LA NIÑA QUE NO SABE QUÉ HACER CON TANTA JUVENTUD Sobre «Diez» de Juan Emar [por Pablo Brodsky ]




PIBESA, LA NIÑA QUE NO SABE QUÉ HACER CON TANTA JUVENTUD
Sobre «Diez» de Juan Emar (Editorial MAGO, 2013)

Por Pablo Brodsky



“¡Hemos triunfado! ¡Venció la Libertad! El tirano de Ibáñez y su séquito ya no existen…  ¡Viva Chile! ¡Viva la libertad!”, le escribía Luisa Yáñez Bianchi a su madre Rosalía Bianchi de Yáñez en una carta del 19 de agosto de 1931 [1]1. Algunas semanas antes, el 26 de julio, el general Carlos Ibáñez del Campo abandonó La Moneda hacia Los Andes para abordar el Trasandino que lo conduciría a Buenos Aires. Hubo varias manifestaciones de júbilo a lo largo de Chile, mientras otros se enteraron estando en el extranjero. Entre estos últimos se contaba Juan Emar, a quien le reenviaron a París la misma carta que su hermana Luisa le escribió a la madre Rosalía. También su padre, Eliodoro Yáñez, se encontraba en Europa. Después que le expropiaron el diario La Nación, este se vio obligado a partir al exilio, pasando temporadas en hoteles alemanes, suizos e italianos, y haciéndose toda clase de curas para aliviar las tensiones vividas en Chile. La expropiación del diario y los efectos de la Gran Depresión de 1929, sumados a los gastos que significó el exilio, originaron los problemas económicos de la familia, los que tendrían una importante repercusión en la vida de Emar.

Eliodoro regresó  al país a los pocos días de la caída de Ibáñez. Su primera y única preocupación era que le devolvieran el diario arrebatado. Pero las cosas no fueron según lo esperado. Pasaban los días y los meses, y el asunto no se arreglaba. En noviembre de 1931 le pidió a su hijo que se embarcara para volver, porque “no será posible enviarte la cantidad que pides en tus cartas a mamá…”[2]. A Emar no le quedó más remedio que regresar. Lo hizo en marzo de 1932, pocos meses antes de que muriera Eliodoro Yáñez, sin haber recuperado La Nación.

¿Qué hacía Emar en aquella época?  Cuando el general Ibáñez se hizo del poder y Eliodoro fue despojado de La Nación, su símil en París dejó de aparecer. Se trataba de una prolongación en la capital francesa del trabajo que había realizado en las Notas de Arte del diario La Nación en Chile, bajo el nombre de La Nación en París. Su primer número apareció el 23 de noviembre de 1926 bajo el título de Notas de París. Emar estuvo a cargo de dicha publicación, además de ejercer como segundo secretario de la Legación chilena en Francia.

Sara Marval, amiga y cómplice de Emar en la aventura de las Notas de Arte de La Nación, quien también vivía en París, en una carta escrita en febrero de 1928 nos entrega algunas pistas del ánimo de Emar después de estos episodios: “Qué año 1927 (…). Pilo agriado con La Nación…. Ahora. Porque cuando yo rabiaba desde el comienzo con el famoso ‘espíritu Nación’, entonces Pilo era sordo y ciego (…). Ahora ve todo con claridad. Herido. Hasta por dentro…”[3]. La verdad es que el proyecto que se inició como Notas de París y que culminaría como La Nación en París, significaba para Emar mucho más que publicar unas páginas sobre el arte contemporáneo y las distintas manifestaciones emergentes de la cultura mundial. En torno a él, “diseñó un sistema de distribución y venta de material impreso en Francia, modalidad que permitiría la compra y recibo en Chile de libros, revistas y todo tipo de textos que fueran de interés para el público nacional. Además, organizó un servicio turístico dirigido a chilenos que planificaban viaje a Europa"[4]. Todo un emprendimiento, como se diría hoy día, todo un proyecto cultural y económico que se vino al suelo.

Al año siguiente, 1928, la vida afectiva de Emar era un verdadero embrollo. Desde hacía un tiempo mantenía una relación íntima con la francesa Alice de la Martiniére, modelo de los pintores de Montparnasse, más conocida como Pépéche.  El pintor Luis Vargas Rosas, becado en París, le escribe a su esposa Henriette Petite, en septiembre de ese año: “Anoche se suicidó Pépéche, con Calmina y Dial, pero esta mañana despertó. Vi a Pilo muy nervioso anoche, pero hoy ya está más tranquilo y se ríe”[5].  Este episodio ocurrió durante los meses de la separación de Emar y su primera esposa, Herminia Yáñez, con quien tuvo dos hijos. La separación no fue un episodio traumático para él, por el contrario, apoyó el nuevo romance de su esposa con un artista de circo, de origen húngaro: “La historia del Húngaro es sabida con más detalles de los que yo pueda saber (…). Las historias de Pilo al detalle. Los ménage a trois…”[6], le escribe Henriette Petite a su marido, en octubre de ese año.  Y este le contesta un mes después: “Que la chica Rivadeneira está o estuvo loca lo he sabido hace un mes por carta de mi madre. Ha sido y es el gran amor de Pilo, tanto que piensa casarse y rehacer su vida, su hogar, a base de ella”[7]. En efecto, dos años más tarde, en marzo de 1930, Emar viaja a Chile para casarse con Gabriela Rivadeneira en agosto y regresar en septiembre a París con su nueva esposa, bastante más joven que él. Con ello, todo parecía haberse calmado en su vida: “Pilo, ahora se levanta temprano, escribe, trabaja (?), no bebe – en fin, una maravilla”[8], le escribe Sara Malvar a su marido, Fernando García Oldini.

Son los años en que, junto a Huidobro y su grupo, seguía de cerca las experiencias del Surrealismo. Asistía a conferencias y se reunía diariamente en los cafés de Montparnasse para discutir con otros escritores y artistas sobre las acciones del grupo de Breton, y leer las nuevas publicaciones que iban marcando el rumbo del arte vanguardista. Son los años en que concibe El pájaro verde, uno de los cuentos de Diez, y escribe las primeras líneas de su novela Ayer.

En eso estaba cuando recibió la carta de su padre, pidiéndole que regresara a Chile. A partir de 1932, se dedicó por entero a la escritura de los cuentos y textos que publicará en 1935 y 1937. Entre ellos se encuentra Pibesa, el cuento de Diez que esta tarde comentaremos.

Pibesa, personaje principal del cuento homónimo, se llama así porque se trata de una mujer “muy joven”, una niña que “no halla qué hacer con tanta vida joven”, según nos dice el narrador. Este, definitivamente mayor, sabe que ella siempre estará con él, que le será fiel hasta la muerte.

Un día cualquiera, ambos caminan “por unas calles atardecidas, respirando hastío” y sin hablarse. De pronto, azarosamente, se les cruza en el camino un “papel arrugado color de rosa”, en el que se lee: “Válido para el día de hoy”. Es un permiso para ir a visitar la cordillera, una invitación a “algo nuevo, algo con qué llenar un hueco de la vida”, nos dice el narrador. Y, con ella, se inicia una historia de deseos, arrepentimientos y culpas.

Una vez en la cordillera, frente a un atardecer de fuego en la “nieve verde”,  el narrador intenta poseer a Pibesa: “Corrí hacia ella. Con el brazo izquierdo la cogí por atrás rodeándole la cintura; con la mano derecha le levanté sus faldas  de seda gris perla (…). Pero Pibesa se esquivó, hizo resonar una risa de cascabel (…) y se escapó como una hembra de animalillo joven”. El narrador corrió tras ella, sin poder alcanzarla. Sólo cuando esta se detuvo, pudo hacerlo y decirle que la amaba. En ese momento, “Pibesa, bifurcándose, se desdobló en dos. Dos muchachas con juventud de agua, ceñidas en seda de perlas”. Una de ellas bajaba con regularidad y constancia una escalera de caracol; la otra, lo hacía lentamente, alargando “un piececito de raso” y luego rozándolo “en el peldaño siguiente”. Mientras la primera continuaba descendiendo, lenta, muy lentamente, y tarareando una canción, el narrador se queda con la segunda Pibesa, a la que toma por detrás y logra poseer. Cuando abre sus ojos para mirarla, se da cuenta que tiene en sus brazos a “una mujer ignorada”, distinta a la Pibesa que seguía descendiendo la escalera de caracol. El narrador se deja llevar por la sensación de no saber con quién está ni a quién había poseído: “ya era demasiado tarde, ya no había fuerzas que me retuvieran y, aunque ignorada, tuve que vaciarme en esa incógnita de mi vida que Pibesa, en su alejamiento de seda, había sembrado en medio de mi persecución impotente”. Tuvo que vaciarse en ella, nos dice el narrador, refiriéndose a esa mujer ignorada que había poseído, pensando que era Pibesa. Pero ella descendía la escalera de caracol y se alejaba más y más. ¿Qué no podía atrapar,  qué se le escapaba inevitablemente?

Pibesa nos relata la historia de una pulsión, de una seducción que el narrador es incapaz de evitar y cuyas consecuencias pudieron serle fatales. Para salvarse, necesitó de un doble perdón: el de la mujer engañada y el de la Ley.

Ya lo hemos dicho: el narrador comete una infidelidad. A sólo “cien pasos” más abajo del lugar donde se perpetró la seducción y la transgresión, Pibesa aguardaba y, “al vernos, sonrió. No había en su sonrisa ni ironía, ni compasión, ni resentimiento, nada”. Era el perdón de la engañada, con cuya autorización contaba el narrador: “Claro está que tenía el permiso para visitar, allí lo tenía”, en ese papel color de rosa. Pibesa aceptó la infidelidad y su indulgencia le permitió a su hombre “seguir girando” con las dos mujeres.

“De pronto, subieron hasta nuestros oídos los ecos acompasados de unos pasos robustos (…). Tuve un miedo instantáneo y horrible”, nos dice el narrador. Eran las pisadas del marido despechado que subía la escalera de caracol buscando a su mujer. El narrador sabía que algo no estaba bien, aunque no supiese precisar qué era lo que estaba mal. Para él no se trataba de haber poseído a una mujer “que no era mía” y a la que había dejado a lo largo de la escalera. Más bien era la situación en su conjunto, el todo, lo que no cuadraba: la cordillera, la escalera de caracol, Pibesa, la otra y él, especialmente que él se encontrara allí en ese lugar y en ese momento. Porque para el narrador ese todo no tenía ninguna importancia, le era completamente indiferente. No le importaba para nada haber poseído a la otra mujer, y si a Pibesa tampoco le importaba, ¿por qué podría importarle a ese hombre que subía la escalera? Estos eran los pensamientos que cruzaban por su mente, cuando apareció la “punta de un gran sombrero mexicano”.  Y tras él, un hombre “que cogió del brazo a la otra”, haciéndola desaparecer. El narrador huye por las escaleras de caracol abajo, por pasillos y corredores, dejando a Pibesa atrás. En su carrera se precipita sobre una puerta que da “a la calma color café de las calles de mi ciudad”. Forcejea con ella para abrirla: “Solté primero una cadena, quité luego dos cerrojos e iba ya a coger la llave, cuando en el corredor mismo sonó una detonación”. Finalmente logra abrirla y llama a Pibesa a viva voz, diciéndole que están salvados, pero en ese momento ella aparece destilando sangre. “Lleno de indignación empecé a gritar cuanto podía para amotinar al pueblo en contra del miserable que había hecho fuego en contra de Pibesa, hiriéndola y ensangrentándola”. En un principio, las intenciones del narrador tienen eco en la gente. Pero nadie se mueve: ni el vengador engañado ni la plebe justiciera. Más bien, todas las miradas se volvieron hacia él, “y todos esos ojos me interrogaron (…). Una vaga culpabilidad me hizo palidecer”. La duda del infiel permitió que el vengador hiciera su primer movimiento: “con calma fría echó mano atrás, cogió su revólver y con más calma aun fue dirigiendo, de abajo hacia arriba, el cañón sobre mí”.

El narrador hubiese pagado con la vida la satisfacción de su deseo si no hubiese aparecido un guardia, quien dispersó a la multitud. El despechado guardó su arma, “dio un profundo suspiro, giró sobre sus talones y se alejó puerta adentro. Nosotros hicimos otro tanto. Pibesa y yo resbalamos por las calles, presurosos. El gentío empezó a fundirse. Y el guardia se marchó”. Así, el narrador obtuvo el perdón de la Ley por su desliz, insistiendo que “toda la razón estaba de parte nuestra”: con el permiso otorgado por su pareja, bien se puede ser infiel, aunque las consecuencias puedan ser fatales. Para no ser ajusticiado por la sociedad, es necesario huir para que “nunca más ninguna de esas gentes nos vuelvan a ver, que pueden de un balazo, de un mirar de sus ojos quietos, deshacer todas las razones por justas que ellas sean”.

Es interesante hacer notar que un argumento parecido tiene la decapitación de Rudecildo Malleco, en el libro Ayer. Pero en él no se trata de la satisfacción del deseo, como en Pibesa, sino de la culpabilidad por el sólo hecho de haber pensado en una conducta socialmente reprobable. Aquí, lo que la justicia sentencia no es el acto sino el pensamiento.  Es por eso que a Rudecildo Malleco le cortan la cabeza, porque ese fue el lugar del pecado. Es significativo, sobre todo si se piensa que ambos textos (Ayer y Pibesa) fueron escritos paralelamente, en agosto de 1933, poco después que Emar llegó a Chile y a un mes del entierro su padre.


Santiago, noviembre 2013




NOTAS

[1] “Bohemios en París. Epistolario de artistas chilenos en Europa. 1900-1940”, investigación, edición y notas de Wenceslao Díaz Navarrete. Ril editores, 2010.
[2] Prólogo de “Juan Emar – Antología esencial”. Santiago, Dolmen Ediciones, 1994.
[3] “Bohemios en París…”.
[4] “Jean Emar – Notas de Arte”, estudio y recopilación de Patricio Lizama. Santiago, RIL ediciones y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, DIBAM. 2003. Asimismo, ver para las referencias a La Nación en París.
[5] “Bohemios en París…”.
[6] “Bohemios en París…”.
[7] “Bohemios en París…”.
[8] “Bohemios en París…”.

viernes, 31 de agosto de 2012

Juan Emar, el hombre del pijama azul [Por Rafael Gumucio ]


 
Juan Emar, el hombre del pijama azul
Por Rafael Gumucio
Letras Libres, N°131, agosto 2012

 

El pijama azul marino que brillaba más que un traje de noche es lo primero que recuerda el joven Pablo Neruda de Álvaro Yánez, alias Pilo Yáñez, alias Juan Emar. La sucesión de nombres es, junto con el pijama en pleno horario laboral, una señal de quién fue ese hombre de muchos nombres, direcciones postales, aficiones artísticas, esposas, ese hombre de una sola y prolongada vocación: perder el tiempo o hacer que este se pierda, marearlo, vencerlo como el toro a la verónica, domesticarlo como esas moscas a las que les quitaba las alas para hacerlas competir.
Toda la literatura de Juan Emar se puede resumir también en esa carrera de moscas sin alas, el uso metódico, preciso, paciente del absurdo con una punta de refinada crueldad al final, mosca sin vuelo que convierte la siesta, la tarde, la cocina polvorienta de la casa de campo en un espectáculo sin casi espectadores que no se parece a nada en el mundo. Juego de niño prolongado hasta una adultez incierta. Juan Emar, el vanguardista, el cubista más austral del mundo, el dadaísta de provincia, emprendió la mayor rebeldía de todas, la que pocos o nadie se han atrevido a intentar: rebelarse contra su nacimiento mismo. Nunca salir del todo del vientre de su adorada madre, evitar ver la luz del día, llorar, patalear, moverse, ¿para qué, para quién?
El nonato Álvaro Yáñez Bianchi, alias Pilo Yáñez, alias Juan Emar, su cabeza enorme sobrevolando un cuerpo que apenas se movía de donde lo sentaban, su rostro enorme escasamente poblado de pelo, los ojos casi siempre ausentes de la conversación y los labios finos invariablemente callados tuvieron siempre algo de feto. El mundo de sus relatos, el de sus personajes, pertenece también a un universo uterino, un mundo de placenta y cordón umbilical, donde todo funciona de otra manera que en el mundo real. Un universo sin psicología o sociología alguna, guiado por encuentros y cifras mágicas. Impulsos gratuitos, delirios también sin control.
Todos los días en sus libros son el primer día del mundo. Sus personajes, sus escenarios pertenecen a ese mundo anterior o posterior a lo que solemos llamar realidad. Juegan con el rigor con el que juegan los niños a ser personajes de una novela, un cuento o un diario de vida. Se disfrazan con la ropa que dejaron los mayores sobre el sillón, la cómoda, la cama. Viven, como viven los niños, estableciendo las reglas del juego para cambiarlas en la mitad del juego, una y otra vez. El relato es casi siempre el andamiaje de ese juego, la invención y destrucción de las reglas, interrumpido de manera brusca y total por una guillotina o un loro que destroza la calva del tío José. La violencia, que parece tan ajena al mundo más bien primaveral de Emar, nunca falta sin embargo a la cita. La sangre, las vísceras, es decir el nacimiento, el parte amenazante que termina con el paraíso nonato.
La obra de Emar no hace otra cosa que empezar una y otra vez, incesantemente. El diario de vida que es la base de Un año registra solo las anotaciones del primer día de cada mes de un solo año. Los acontecimientos así no tienen ni consecuencia ni desenlace, no hacen otra cosa que empezar. Dietario improbable donde un teléfono ataca la oreja de quien lo usa, dejándola ensangrentada y pegoteada a la carne de la victima, o un gusano recorre Los cantos de Maldoror de atrás para adelante. Imagen, esta última, que bien puede ser la clave de cómo debemos leer los libros de Juan Emar. Libros que no quieren contar una historia, libros que no quieren ser leídos sino habitados, convertidos en medio de subsistencia, un alimento en que el gusano elige, en un azar que es cualquier cosa menos azarosa, comer una letra u otra para así cambiar el sentido del texto.
Ninguno de los libros de Juan Emar está completamente cerrado en sí mismo, todos piden a gritos un lector cómplice que los complete. Es quizás lo que explique su éxito entre profesores y estudiantes de literatura, que contrasta con sus ventas más bien fantasmales. Todo en sus libros está oculto, aunque su prosa sea diáfana. Hasta los números, sobre todo los números de las casas, los objetos, parecen contarnos algo más de lo que cuentan. Todo en Emar sugiere secretos ocultos, rituales esotéricos, iniciación que no inicia nunca a nadie, porque el lector y el escritor están condenados, una condena que es también un premio, a quedarse en el umbral, vislumbrar el misterio, el secreto pero sin entrar para no interrumpirlo.
Emar quería, como el gusano de Ayer, vivir en sus libros. De alguna manera lo logró. Consagró la mayor parte de su vida a escribir Umbral, un mamotreto de cinco mil páginas, que sería su propia En busca del tiempo perdido. Una fabulosa pérdida de tiempo también, un libro que pretendía no terminar ni publicar nunca, una especie de excrecencia, de cuerpo aparte al que iban a parar todas sus experiencias, pensamientos, sueños, ideas más dispares y disparatadas. A la vez novela de ciencia, ensayo, ficción, metanovela, memoria, novela total que continuamente vuelve sobre sí misma contándonos una y otra vez su propio proyecto de novela.
Consagrado sin ninguna interrupción a su obra, casado y vuelto a casar con primas y vecinas (una timidez y una pereza invencible no le permitían buscar sus conquistas más allá de su propia casa), fue perdiendo amigos y conocidos a un ritmo lento pero seguro. Arruinado a pesar de haber nacido millonario, viviendo en la casa de sus hermanas, desesperadas por que mostrara alguna señal de amabilidad con los invitados a sus tés, Juan Emar terminó como empezó, como siempre quiso terminar, confinado al ámbito de su familia, perfectamente inútil e inutilizable, en un pijama más raído y menos azul que el que le conoció Neruda, pero atareado en esta misma voluntaria falta de cualquier trabajo rentable. Cumplió así la promesa que le hizo a su padre a los veinte años, no trabajar en nada, no ganar ni un peso, acabar así con cualquier ilusión de linaje, de herencia, de continuidad.
La rebeldía de Juan Emar era cualquier cosa menos un capricho adolescente. Nacer en su caso era algo más que solo salir del vientre de su madre. Heredero de un padre desheredado, un verdadero milagro chileno: Eliodoro Yáñez, abogado hecho a sí mismo a partir de un origen oscuro y pobre, casi presidente dos veces, embajador el resto del tiempo, pero sobre todo y ante todo el dueño de La Nación, el diario que intentó cambiar para siempre la forma de hacer periodismo en Chile.
Un derroche de energía, de transformación, de ambición que su hijo intentó evitar como la peste. ¿Lo logró? No del todo y es quizás el eje mismo de la tragedia de Juan Emar, el hombre que pretendió ser cualquier cosa menos el hijo de su padre y fue como él castigado, acallado, castrado por lo que los chilenos llamamos “el peso de la noche”, es decir el conservadurismo y el resentimiento unidos contra cualquiera que sea nuevo, que venga de otra parte, que quiera llegar más lejos que los demás.
Al nonato le tocó nacer muchas veces, al flojo que vivía en pijama le tocó encarnar su propia pesadilla, la de un incesante combate sin freno ni tiempo donde le esperaba, como a su padre, el exilio. Pintor más bien modesto, promotor de la vanguardia parisiense a través de algunos artículos publicados en el diario del papá, un día el hijo dandy de Eliodoro Yáñez se inventó un nombre de batalla para ir a pelear su propia guerra. Álvaro Yáñez se convirtió del todo en Juan Emar (transposición chilena de J’en ai marre, “ya no puedo más” en francés) y publicó en un solo año (1935) tres libros que no eran otra cosa que pedradas, bombazos en la cara de todas las convenciones literarias nacionales: las novelas Miltín 1934, Un año y el falso diario de vida Ayer. Libros que evitaban militantemente ser lo que se esperaba que fuesen: prosa bella, testimonio personal, novela social o confesión íntima. No hay página de estos libros que no sea un desafío al buen gusto, e incluso al mal gusto imperante.
Novelas que evitan la denuncia política pero que desde sus títulos (Miltín 1934) aluden a los acontecimientos recientes, los golpes de militares populistas, socialistas, la restauración conservadora de esos años, la ruina del padre, la censura, el militarismo y el peso del clero sobre la vida de esos personajes que respetan de manera irrestricta unas convenciones que sin cesar cambian y enloquecen. Su novedad reside ahí, en las raíces que estos relatos aéreos no pueden dejar de esconder. Libros anticriollistas y antirrealistas que suceden sin embargo en un campo abiertamente chileno, San Agustín del Tango, poblado de personajes con apellido de localidades chilenas (el doctor Hualañé, Rubén de Loa, Martín Quilpué) que se comportan con una mezcla inesperada de cortesía y moderación con raptos de violencia o irracionalidad contada con una imparcial flema también muy chilena.
Las novelas de Juan Emar, en toda su indescriptible audacia, estaban condenadas a ser realistas. No podían dejar de ser denuncias y testimonios de un mundo en completa descomposición y reconstrucción. Eran las novelas del hijo del hombre que quiso modernizar Chile y terminó traicionado y expropiado por sus hombres de confianza. Eran el testimonio de esa modernidad a medias, de esa vanguardia montada sobre un secreto andamiaje colonial que permanece detrás de todos los intentos de transformación. Eran, con todo su humor chaplinesco, con todo su colorido de carnaval, una insolencia. Así la leyeron sus enemigos. El más temible de ellos, el crítico literario Alone (el que inspiró el Farewell de Bolaño), trató a Emar y sus libros con un desprecio que heló para siempre la sangre de por sí fría del escritor de Un año. Al resto de la crítica no quedó más que seguir al maestro. Hasta su amigo Vicente Huidobro confesaba a quien quisiera escucharlo que “Pilo escribe con las patas.” Nada sacó Neruda con compararlo con Kafka en el prologo de Diez, su libro de cuentos, el único que obtuvo a la hora de publicarse algo parecido al éxito; Emar quedó confinado para tirios y troyanos a la categoría de raro, millonario que escribe cosas raras, ermitaño semienloquecido que debería haberse dedicado a la pintura.
El intento de nacer a la vida literaria del eterno nonato Juan Emar lo convenció aún más de la necesidad de recluirse en algún feto materno. Sospechoso para los salones aristocráticos por ser el hijo rico de un recién llegado, demasiado francés y millonario para cualquier otro círculo, se inventó en Umbral su propio mundo, pueblo, sociedad, amigos y enemigos, calles, iglesias, en un proyecto que consumió lo que le quedó de vida. Distraído en este intento, apenas se enteró de que los nuevos lo leían. Escondido lejos, en el silencio y el campo, solo, completamente solo en ese vientre de palabras y simetrías inesperadas, murió el 8 de abril de 1964, casi treinta años después de que en una fiebre arrebatadora decidiera publicar de una sola vez tres libros en un año. La audacia había quedado, con treinta años de relativo silencio, compensada. Nadie sabe si murió en paz o no. Pablo Neruda predijo que no, Chile no le mezquinaría a Emar la posteridad. No era este el destino más singular para Juan Emar, que miró siempre de reojo la vida, empezar recién muerto a nacer.

domingo, 4 de marzo de 2012

María Flora Yáñez: La imposibilidad del amor [por Aldo Astete Cuadra]




María Flora Yáñez
La imposibilidad del amor

Aldo Astete Cuadra
Universidad Austral de Chile, Magíster en Literatura Hispanoamericana Contemporánea  E-mail: aldo_ast27@yahoo.es
Este trabajo estudia tres obras de María Flora Yáñez (Mari Yan): su intento es identificar conflictos existenciales propios de las mujeres de mediados de siglo XX.  Para ello se analizan las tres primeras novelas: El abrazo de la tierra, Mundo en sombra y Espejo sin imagen, desde una óptica feminista propuesta por las investigadoras estadounidenses Gilbert y Gubar en su estudio La loca del desván, que develará las dificultades de sus personajes de Yáñez para desarrollarse en un ambiente masculinizante. En este trabajo se destaca la incorporación de la recepción crítica de las obras en cuestión y de la distancia en el tiempo que permite su análisis.
Palabras clave. Feminismo, literatura, ángel de la casa, ángel de la muerte.
0. INTRODUCCIÓN
Las tres novelas estudiadas son El abrazo de la tierra, 1933 protagonizada por Ana María, novela que recibiera una recepción crítica positiva y alentadora; Mundo en sombra, 1935 de comentarios dispares y en que el protagonismo se reparte entre Gabriel e Irene; y finalmente Espejo sin imagen, 1936 obra en que Mari Yan alcanza mayor altura narrativa, su protagonista es Clarisa y esta novela es la que obtiene mejor recepción crítica de las tres. En este corpus, encontramos como tema central la temática del amor, que se repetirá con ciertos matices, pero que en definitiva siempre quedará inacabado, principalmente por la pugna moral de sus protagonistas, el miedo a cortar los vínculos que las atan a una tradición ancestral y finalmente el determinismo trágico que estas protagonistas cargan y que pareciera ser común a la mujer de aquella época.
Las novelas de María Flora Yáñez (Mari Yan) están insertas en el periodo álgido para la lucha feminista en Latinoamérica y en el mundo. Las necesidades de equipararse en igualdad de condiciones con los hombres en un amplio espectro social, político, económico y sentimental se hacen evidentes en los temores y dificultades que las protagonistas  enfrentarán para realizarse afectivamente ante un sistema de creencias anquilosado y patriarcal. Lo que nos proporcionará una referencia especular de la sociedad y de las mujeres de la primera mitad del siglo XX.
Una lectura general de Sandra Gilbert y Susan Gubar, permite observar en la literatura femenina de los siglos XVIII, XIX e inicios del XX  un carácter intimista, en que los sentimientos afloran contradictorios y sus protagonistas se encierran, llenándose de inseguridades, temiendo amar y ser amadas, obedeciendo a una tradición que les impide revelarse y emprender sus propias revoluciones en diversos planos de lo cotidiano. Todas estas dificultades están enraizadas, según las autoras, en la construcción que la literatura clásica ha levantado en torno a la figura de la mujer y que se grafican como: El ángel de la casa o de la muerte, la loca del desván, la mujer monstruo, bruja, por nombrar algunas y estas imágenes construidas por la tradición terminan reproduciéndose en sus propios intentos de autoría, lo que indica el grado de arraigo de la tradición occidental en las mujeres de todo el mundo.
Debido a ésta y otras maneras de pensar de la sociedad europea es que surge a comienzos del siglo XX en Europa una efervescencia de mujeres feministas que exigen igualdad de derechos y posibilidades en todas las áreas, lo que más tarde se replicará con la misma fuerza e insistencia en Latinoamérica: el derecho a sufragio, la incorporación de la mujer como mano de obra calificada y profesional, la incursión en el arte y la literatura, etc. La mujer intenta dejar atrás siglos de opresión patriarcal en una lucha social que reviste dificultades contradictorias, pues no sólo los hombres coartan estos anhelos feministas, también un número importante de mujeres perciben normalidad en sus vidas afirmando que la organización familiar y social debe continuar desarrollándose como lo ha sido en el caso de sus abuelas y sus madres. Aquellas escritoras dispuestas a desmarcarse de la tradición deben desoír esas voces ancestrales, externas e internas que le dificultan el andar, pero son sus propios miedos e indefiniciones los que presentan las peores dificultades. Podemos ver como María Flora se cuestiona su talento y evidencia sus miedos en su diario de vida.
¿Qué me ofrecía el futuro? ¿Conseguiría ser novelista, liberarme de mi yo por medio de la pluma? ¿Conseguiría dominar mi mente al desahogar esos desconciertos que me asaltaban? ¿Tendría el talento necesario para expresarme? ¿O sería siempre, como secretamente lo deseaban mis padres, la niña bien o la burguesa que sigue un camino trazado de antemano? ¡No y no! La verdad es que no nací para tal existencia. Debo convertirme en escritora o en actriz aunque tenga que destrozarme en la lucha […] Pero… una mujer se ridiculiza si no escribe algo genial o, por lo menos, excelente; un hombre puede escribir cualquier obra insignificante. Para el sexo débil no existe término medio: o gran talento o nada. ¿Y yo tendré talento? (105 p. 106, Historia de mi vida)

Lo visión ideal de la mujer que impera en la sociedad tradicional de la época, es la de una mujer que Gilbert y Gubar han llamado ángel de la casa una mujer pura, ingenua, carente de personalidad y de un yo, con la principal intención de agradar al hombre. Esta visión Victoriana es la que prevaleció durante el siglo XIX e inicios del siglo XX. Además se editaban manuales de costumbres orientados al público femenino para la masificación del estereotipo femenino que la sociedad esperaba. Fue tanta la influencia y el poder de esta imagen que en literatura la mujer aparecía positivamente retratada tanto por escritores como por escritoras. Esto lo podemos ver en Mundo en sombra, que imita el ideal femenino al describir a Berta ante los ojos de Gabriel: “Frecuentemente encontraba a la muchacha sin aliños, de manga arremangada, ocupada de los menesteres de la casa, toda rosada y olorosa a sudor de mujer joven y sana.” (p. 66). Esta imagen es precisamente la que termina por convencer a Gabriel, el protagonista de esta novela, para casarse con la muchacha que demuestra docilidad y abnegación. Sin embargo, estas mujeres, al tomar conciencia de su posición concluyen que ser abnegada es estar muerta, ángel de la muerte, o por lo menos muy enferma como Clarisa, protagonista de Espejo sin imagen “Estoy enferma de ansia, de proyectos. No pensar. No sentir. Cerrar los ojos y esperar…” (p. 104)
También existe la visión de la crítica literaria sobre el tipo ideal de una escritora y sus creaciones, enfrentándonos a comentarios misóginos en relación a las obras de María Flora Yáñez como los de  Fernando Durán V. Mundo en sombra 15 de agosto de 1935
La lógica no es precisamente el fuerte de las mujeres y ello se echa de ver a menudo cuando escriben. La pluma femenina descuella en el trazado cuidadoso de los detalles, en la pintura menuda de los sentimientos […] Una novela de mujer puede ser excelente si se le considera en los elementos que la integran, rara vez llega a serlo en la combinación armónica de los mismos […] La novelista ha perdido de vista su tema y lo único que le interesa es aparecer a tono con las conquistas modernas, exhibir un conocimiento y una comprensión cabales de todo cuanto, con razón o sin ella, ha querido señalarse como propio del arte actual, y propio, por lo mismo, de los espíritus selectos de la época. Y aquí está su error. El mismo Gabriel y la exótica Irene padecen de este mal. La inquietud. La voluptuosidad auto-destructora del primero y la complicación sin asunto de la segunda, falsean el trazado de esta novela que pudo ser excelente y sólo es mediocre. Sobre todo Irene. Viéndola hacer una vida artificial, de teatro de Bataille, como si fuera la sacerdotisa de un rito esotérico, nos acordamos de la frase que alguien escribió a propósito de estas mujeres extrañas “nuestro error respecto de la mujer, consiste en que a menudo buscamos un vasto mecanismo donde apenas hay un mísero resorte.”
Esta opresión provocada por parte de la crítica literaria a las mujeres que se atreven a escribir o como dirán Gilbert y Gubar, probar la pluma, queda de manifiesto en sus vidas por la asiduidad con que las autoras se vuelcan a escribir diarios de vida y memorias que permiten identificar sus problemas íntimos, sociales y literarios de una época compleja para el quehacer femenino. También encontramos en sus personajes, en el estilo y en los fantasmas que acosan a las protagonistas de sus novelas, mujeres que describen un mundo íntimo, hacia adentro, en que los espejos no son capaces de reflejar su interior que las enferma, debilita y empalidece; mundos cotidianos, monótonos, oscuros y repletos de amores imposibles u opresores que se transformarán en únicas vías de escape o peor aún, en el fin de las ilusiones. Parece ser un juego de todo o nada, en que estas mujeres reprimidas llevan las de perder. En Espejo sin imagen sorprende encontrarse ya muy avanzada la novela, con que se trata de un diario de vida que sigue Clarisa y que le servirá para decir lo que no puede y desahogarse, como se ve en la siguiente cita.
Siento hoy, imperioso, el impulso de confiarme como antes a este diario. ¿Para qué? Tal vez cual una fuga desesperada de la realidad […] Sí. Fugarme de los hechos brutales y entrar de nuevo, como a un refugio, en este mundo bien mío, sólo mío, que creó mi pensamiento y que se fue poblando, día a día, de ensueños, de fantasmas […] (p. 133)

1. TRES LIBROS, TRES HISTORIAS DE AMOR.
En Mary Yan y su obra, es posible ver las principales dificultades que de acuerdo a Gilbert y Gubar han debido enfrentar las mujeres que se dedicaron o incursionaron en la literatura y que se observan en estas citas “No sólo es una mujer que prueba la pluma una intrusa y una criatura presuntuosa, sino que es absolutamente irredimible: ninguna virtud puede contrarrestar la falta de su presunción porque ha cruzado grotescamente los límites dictados por la naturaleza.” o “La literatura no puede ser el propósito de la vida de una mujer, y no debería serlo”  Similar será la visión de algunos críticos literarios ante la obra de María Flora Yáñez, comentando aspectos que sugieren cierta visión paternalista sobre la literatura y su tradición masculina.
            Este es el comentario crítico realizado por Fernando Santiván en El Mercurio con fecha 3 de noviembre de 1933, quien comenta la segunda novela de Mari Yan Mundo en sombra, pero que introduce su comentario aludiendo a la primera:
No hemos vuelto a leer “El abrazo de la tierra”. El ambiente campesino perduraba en él, por encima de los caracteres. Resultaba así, por exceso de timidez de la autora o por respeto del medio ambiente, una novela escrita para niñas solteras.
La visión patriarcal hace que mujeres como Anne Finch protesten diciendo que: “la pluma ha sido definida no sólo de forma occidental, sino esencial, como una <> masculina y, por lo tanto, no sólo es inapropiada para las mujeres, si no que les es realmente ajena”[1] Gracias a esta visión patriarcal es que se entiende plenamente que Omer Emeth, en Crónica Bibliográfica, 5 de abril de 1934, realiza un excelente comentario del estilo y de las proyecciones de Mari Yan, hasta que escribe lo siguiente:
Yo nunca tuve la sensación de habérmelas con la obra de un profesional. Mari Yan escribe, al parecer, sin esfuerzo. Diríase que ha tomado la pluma por mero entretenimiento. Escribe como quien charla a la hora del té o del bridge, lo cual, fuera de ser una gracia muy atractiva, constituye una originalidad bien femenina. Así es, a juicio mío, como debe escribir la mujer inteligente.
Desde que nacemos aprendemos normas sociales que se erigen de acuerdo a parámetros masculinos, La socialización, según Berger y Luckman, 1966, es la asimilación o toma de conciencia de la estructura social en donde un individuo nace y se desarrolla. La socialización se divide en dos tipos que marcan nuestro comportamiento social a futuro: la socialización primaria en que se adquieren las primeras capacidades intelectuales y sociales, y que juega el papel más crucial en la constitución de nuestra identidad actuando principalmente la familia como proveedor de sentidos. La socialización secundaria, es un proceso más prolongado en que instituciones específicas como la escuela, la universidad, el trabajo y las amistades, proporcionan competencias específicas, más abstractas y definibles. En todo este proceso de formación está la alienación patriarcal presente y este estado inflexible se aplica en todo orden de cosas, puesto que la sociedad tiende a reproducir una cultura que es vista como beneficiosa para aquellos grupos que pueden sacar mejor partido de esta reproducción. De acuerdo a lo que plantea P. Bourdieu “El campo del poder es el espacio de las relaciones de fuerza entre agentes o instituciones que tienen en común poseer el capital necesario para ocupar posiciones de poder en los diferentes campos (económico y cultural en especial).”[2] Deducimos entonces que el poder del campo literario siempre ha estado en el patriarcado, aunque Bourdieu lo explica en relación al capital, también podemos vincularlo a las esferas del poder político y social ampliamente dominado por hombres y que terminan por establecer parámetros masculinizantes que cohíben la creación literaria femenina. Recordemos que Mari Yan no publica hasta la muerte de su distinguido e influyente padre, las razones, ella las da a conocer en entrevistas, he aquí una concedida a Georgina Durand en 1941.
Su personalidad muy fuerte absorbía la nuestra, y así se explica que mi hermano y yo sólo hayamos publicado después de su muerte. Con el interés y la ternura que me profesaba, mi padre no habría permitido que yo entregara una línea al público sin corregirla él antes. Esto me cohibía: yo deseaba actuar por mí misma, sin influencia alguna, ni siquiera la suya.
El día antes de morir me dijo: Que sea muy delicada… ya lo sabes… tu novela… Lo que desearía en ti, como característica literaria, es una sobriedad casi clásica. No lo olvides.[3]
Esta forma patriarcal de conducirse ha llevado a las mujeres escritoras a tener una serie de dificultades para demostrar su valía. Estos problemas han sido estudiados permitiendo identificar aspectos controversiales de mayor preeminencia en el desarrollo de sus textos literarios que evidencian en manifestaciones de ansiedad ante la obra, como lo menciona Fernando Santiván, en El Mercurio del 3 de noviembre de 1935
Desgraciadamente, creemos que le faltó a la segunda parte el vigor de realidad que supo prestarle a la parte primera. Teniendo la protagonista la calidad espiritual, pudo resultar la novela de una intensidad que la colocara entre las obras descollantes de nuestra literatura.



1.1 EL ABRAZO DE LA TIERRA
El primer libro que Mari Yan publica es el Abrazo de la Tierra en 1933 y como ya hemos mencionado una vez que el padre ha muerto. En esta novela se observa una historia amorosa ambientada en el campo de la Zona Central de Chile, es importante mencionar el contexto geográfico ya que en su narración Mari Yan da gran realce a este aspecto y esto es destacado por la crítica literaria como vemos a continuación:
Según Juan Esterlich en Panorama de la Novela Chilena 1955 “Las notaciones del campo son puras, castas, precisas… La autora tiene una sensibilidad especial por las emanaciones de olor. No los define, propiamente. Obran, más bien, por evocación. Pocas veces se da, sin desenfreno, una percepción tan intensa de la naturaleza.
En cuanto a sus personajes, el principal es Ana María, una joven de 20 años, que posee una “belleza incorrecta, variable, toda de expresión, tenía el nimbo romántico, la marca seductora, de la espiritualidad” (p.12) pertenece a la clase acomodada chilena que vacaciona en fundos. Sus familiares más cercanos son su padre y la hermana de éste, tía que representa la opresión patriarcal ante la ausencia de la madre muerta hace ya algún tiempo, sin embargo, Ana María “amaba esa vida monástica y ese paisaje sin holgura […] allí transcurrirían dulcemente sus días sin más paréntesis que los cambios anuales del colegio de monjas a las vacaciones en el fundo y de las vacaciones del fundo al encierro de las monjas.” (p.19)
Ana María está comprometida con Enrique, de 33 años, “al cual creía querer”.  Él es un hijo de hacendado que la quiere de manera fría, casi utilitaria, encontrando que los afectos son debilidades e impidiendo que Ana María pueda conocerle. Se refiere a él como “Apagador de impulsos. Muro que detiene, muro que ahoga…” (p.38) y en el momento de proyectarse, al pensar en el compromiso matrimonial que le espera  “Una sombra pensativa pasaba por la mirada de ella. La felicidad… ¿Qué otra cosa podía ser que esa quietud, remanso de calma, aguas inmóviles que ningún oleaje había agitado jamás?” (p.42). Mientras tanto, Enrique se complace en imaginar para el futuro “una Ana María transformada por él, amoldada a sus gustos mediocres, modelada según el concepto que él tenía de una buena casada.” (p.41) aparece esta visión Victoriana de la buena casada, mujer de la casa, buena esposa, madre y servicial, que precisamente no es sólo el concepto de Enrique en la novela, sino que es el concepto de una sociedad que “encomiaba a las jóvenes el sometimiento, la modestia y la abnegación: recordando a todas las mujeres que debían ser angelicales.” Pues “si la esposa debe su ser a la comodidad y provecho del hombre, es muy razonable que sea cuidadosa y diligente en contentarlo y agradarlo.”[4]
El conflicto amoroso en la novela, se hace presente de manera abrupta, sacando de la monotonía a los personajes y permitiendo el desarrollo de las ilusiones de Ana María. Con la aparición de Juan Carlos Almeida, el triángulo amoroso se configura rápidamente y la protagonista tendrá que optar, con dificultad y temor, por una de sus posibilidades amorosas: el miedo a lo desconocido y hasta cierto punto, prohibido que representa este apuesto y extrovertido joven que viene desde París para tomar posesión como heredero del fundo vecino, o continuar con su prometido y el desgano de una relación que no presenta horizontes que no sean convertirse en la “Perfecta Casada”. Estos acontecimientos le harán preguntarse por su vida pasada y presente, de los que sus reflexiones no son alentadoras. “¿Qué había hecho hasta entonces de su vida? Le parecía de pronto que los años transcurridos se habían adicionado silenciosos y huecos, que ella había marchado a ciegas. Es verdad este fundo parece una prisión…”  (p.95)
El único momento amoroso explícito que se retrata en esta novela marca el punto cumbre en la dicha de la protagonista, dejará por un momento sus miedos y aprensiones para mantenerse incondicional y firme ante el nuevo amor, el que ella cree definitivo y verdadero.
La joven volvió la cabeza incapaz de sostener esa mirada que enturbiaba la fiebre del deseo. Pero él se aproximó aún más y de pronto la besó en los labios con un beso interminable. Un estremecimiento profundo, misterioso, la sacudió a ella hasta el fondo de su ser. Cerró los ojos y se quedó pálida, con una belleza de agonizante. (p. 122)
Ana María se siente  liberada del futuro que antes de este momento, se mostraba sombrío junto a un hombre frío, toma conciencia de la pesadilla que su relación con Enrique le deparaba.
Ve en imaginación lo que será su existencia con Enrique, en el corazón de esas tierras, dentro de la casa de muros aplastantes en que la vida sólo se inspira del pasado. Adivina los días monótonos, sin más objetivos que la labor doméstica a la vera del brasero. Imagina las conversaciones insulsas, siempre sobre los mismos temas; el hastío en común; la vida estancada en que las pasiones duermen arrulladas por el concierto imperturbable de los grillos y las ranas… siempre igual, hoy, mañana y todos los días que siguen, y las semanas y los meses y los años, hasta que al fin vendré la muerte, silenciosa como fue la vida, y todo continuará… Una expresión de horror se pinta en sus pupilas. (125 p. 126)
Este cuadro, es la clásica transformación de ángel de la casa en ángel de la muerte, esta reclusión matrimonial y la falta de motivación la lleva a imaginarse un futuro en que sólo queda aguardar la hora de la muerte para concluir el tedio. Ana María toma la decisión de cambiar su destino, comprende en la ignorancia amorosa en que se encontraba y siente nacer en ella una mujer nueva, distinta y enamorada. Termina relaciones con su prometido y comienza a vivir una vida nueva, con ilusiones y alegría. Pero pronto su tía, quien defiende la tradición moral y la quietud de la mujer la devolverá a la realidad de su condición. Inmediatamente sus sueños se vendrán abajo, comenzará la caída de Ana María, el desamor y desengaño. Ya está pronto el desenlace y la novela se transforma en un cúmulo de desaliento y pesimismo, esta es la conversación que la llena de miedos y la vuelve incrédula.
-          Noto en ti, hija, desde hace días, cierta desorientación que no deja de inquietarme. Tienes una alegría chocante, fuera de lugar. No te ocupas de ninguna cosa seria: ríes, lees y cantas; hasta has abandonado tu labor… ¿te parece bien? (p.145)
-          Y si crees que el Almeida se va a casar contigo… Ni contigo, ni con nadie: esa laya de hombres no se casa. (146)
Ante estas últimas palabras Ana María se torna recelosa y guarda distancia de Juan Carlos, instancia que coincide con los rumores de que ha vendido el fundo y regresa a París. Pierde la alegría y seguridad acudiendo ante el espejo para observarse enferma un ángel de la muerte.
Vio su fisonomía reflejada en las aguas turbias del cristal. No, se dijo contemplando sus ojos desmesurados, su tinte pálido, su boca herida, ansiosa que sangraba. No, no se casará conmigo; es imposible que me quiera. Y hundida bajo el peso del desastre, salió lentamente del salón. (p.148)
Finalmente su amor no puede ser y la realidad que anunciara su tía se presenta cruel ante sus ansias, Juan Carlos se va prometiendo regresar, pero ambos saben que no será así y todo queda en una trunca historia de amor en que la principal damnificada es la mujer, es Ana María quien no tendrá más remedio que asentir la vuelta de Enrique y asumir su desdichado destino que lo resume así en las últimas líneas del libro.
¡Cómo se descomplica la vida y con qué facilidad todo se aquieta a su alrededor! La ventana abierta a la luz se cierra empujada por mano invisible; los muros coloniales emparedan su mente otra vez. Y ella siente en su interior, una voz que murmura dulcemente:
<> (p.196)
En esta novela se puede apreciar claramente la transformación que sufre su protagonista de ser un ángel de la casa, la mujer abnegada, amorosa, comprensiva que se debe a su hombre, incapaz de ir en contra del destino trazado y que se deja arrastrar sin esperanza a un desenlace que puede terminar con ella enferma, loca o mejor aún muerta. A esta última imagen asistimos en el desenlace y palabras finales de El abrazo de la tierra a esas voces dulces conformistas y malvadas que le dicen que se convertirá en un ser sin voluntad, un sonámbulo sin la esperanza de que un príncipe azul llegue a despertarla de un beso, pues la voz es bien clara, “para siempre… vas a dormir” configurándose así el ángel de la muerte.
1.2 MUNDO EN SOMBRA
Esta novela inicia con un Prólogo de la autora en el que se vale de un argumento conocido como Tetra del débil[5] para evitar generar expectativas y asegurarse un trato menos hostil de parte de la crítica literaria y de los lectores. Gilbert y Gubar en su libro lo explican de la siguiente manera: “Si se negaba a ser modesta, a despreciarse, a ser servil, si se negaba a presentar sus producciones como meras insignificancias ideadas para divertir y distraer a los lectores en momentos de ociosidad, podía esperar que se hiciera caso omiso de ella o que se le atacara (a veces insidiosamente)”
El libro que presento hoy al público no desenvuelve una trama complicada ni expone problema alguno […] “Mundo en sombra” es sólo una novela de cuadros, de atmósferas y de vibraciones íntimas […]
A pesar, de la utilización de esta artimaña, la crítica literaria fue dura con Mundo en sombra, precisamente criticando las historias que María Flora pretendió narrar en su novela. Críticos de la época, como Alone o Santiván comentarán ácidamente esta obra. Tal vez exista alguna relación entre el prólogo y la recepción crítica, quizás la obra aún presentaba dudas a su autora o por lo menos permitió que éstas se tornaran reales ante la crítica que no sólo habla de la obra, sino, que se refiere al género de su autora de manera por lo menos misógina.
Crónica literaria por Alone 25 de agosto de 1935
Esta escritora pertenece a la aristocracia y ha vivido en el medio elegante de la gente rica. Todos sus recuerdos, todas sus impresiones, desde las más lejanas, hasta las más próximas, háyanse asociadas a personas de alta cultura y sus viajes al extranjero han contribuido a refinar su sensibilidad y su gusto, proveyéndola de un material de imágenes que se diría el más apropiado para realizar una obra fina y alejarla de los aspectos vulgares de la existencia. “Mundo en sombra” paradoja viviente, demuestra la fragilidad de semejante lógica […]  Y todo está admirablemente descrito, con soltura y abundancia. Vibran los colores y las palabras y hay esos rasgos gráficos, esas expresiones felices que vienen de una fruición interna propia del artista que se siente en su terreno […] Cuando el niño crece y empieza su relato psicológico, el de un ser aislado, tímido, encerrado dentro de sí, amurallado por la frialdad del corazón, nosotros comenzamos a sentir que la autora está inventando y la novela adquiere un aire de novela convencional desanimada. La ilusión desaparece. Pero, de todas maneras, resulta extraño el apagamiento de condiciones tan brillantes y tan firmes como las que al principio se revelan. Todo el resto de “Mundo en sombra” se lee, porque hay que leerlo, no por gusto [...] Pero Mari Yan posee un talento demasiado vigoroso para no reaccionar. Sabe muchas cosas, acaso no le falta un conocimiento más, el de sí misma, el de su camino propio. Sin la pretensión de indicárselo, creemos que la mejor manera de ayudarle a que lo encuentre, consiste en que cada cual le diga, con ruda franqueza, la impresión que su obra produce, poniendo de relieve así lo que ofrece de sólido como lo que presenta de vacío.
Fernando Santiván en El Mercurio con fecha 3 de noviembre de 1933
[…] Creemos que dominó a la autora durante el trabajo cierta impaciencia por terminar, y ello contribuyó a que su obra quedara, hacia el final, como abocetada y en desarmonía con la fuerza vital de la primera parte.
            El prólogo predispone, la tetra del débil condiciona y comenzamos a leer esta novela sin mayores expectativas. Mundo en sombra intenta diferir en todo a su predecesora El abrazo de la tierra, el ambiente en el que se desarrollan las historias y los personajes ya no es el mundo rural y en esto vemos una necesidad de la autora por incursionar en el mundo de la pobreza del suburbio. Mari Yan, parece desoír las favorables críticas hechas a su anterior novela, que decían relación con el mundo campesino y con la lograda caracterización de los personajes secundarios e incidentales, quienes reproducían el fiel retrato del campesinado chileno. En esta obra es el mundo urbano, más sofisticado, más complejo, el que servirá de sustento para mostrar las indefiniciones y padecimientos de sus personajes. El protagonista es Gabriel, quien tiene las mismas crisis existenciales evidenciadas por Ana María en el Abrazo de la tierra. Es inseguro, sufre a causa de sus nervios femeninos, se enamora rápidamente y su amor se extingue con la misma facilidad con que aflora. Finalmente, Irene es su amor más significativo, opuesto en calidad espiritual y sin nada en común.
Mundo en sombra inicia con la descripción del suburbio en donde se desarrolla el primer tercio de la novela. El almacén La Suerte es el lugar en el que crecerá Gabriel,  apartado de todo lujo y afecto ya que su padre intenta salir adelante mediante la austeridad y la madre que parece más muerta que viva.
Su madre, doña Perpetua Gálvez de Román, raquítica, exangüe, con un rostro que tenía el color amarillento […] lacerada por la muerte del hijo mayor ahogado en un canal, lo había amamantado entre sollozos, sofocando hipos de angustia, ahuyentando morbosas visiones de aguas torrentosas y turbias que devoraban la carne de su carne. (p.11) 
Vigilaba a diestra y siniestra con su aire torvo de ave de rapiña. Todo en ella evocaba el hospital y el ataúd: su cuerpo menudo y miserable; su rostro de viejo pergamino en el que sólo vivían los ojos; sus palabras apagadas que parecían caer de los labios envueltas en una baba de agonía. Hasta su manera de moverse tenía algo de espectral: se deslizaba como una sombra sin hacer ruido. (15 p. 16)
Es interesante que en las primeras páginas se haga una descripción tan detallada y negativa de la madre que muere prematuramente (p.21) y desaparece hasta del recuerdo en la página 27. Esta parece ser la justificación para el desarrollo anómalo del carácter psicológico de Gabriel. La autora, culpa y responsabiliza a la madre de lo amargado y fracasado del hijo, claro, no es explícita esta sentencia, pero llama la atención que la madre desaparezca de la vida del muchacho dejando un recuerdo tan inocuo en él, que ni siquiera llora en su funeral, preguntándose si quizás en algún momento la quiso. Surge esta figura contradictoria, que no intervendrá más en la novela, que ya ha causado suficiente daño provocando estragos y complejos en la personalidad del protagonista. Este hecho, es la escusa por la cual Mari Yan pretende que juzguemos a Gabriel. La madre es el ángel de la muerte, esta mujer que ya no tiene sueños, que se ve enferma y parece muerta y que sucumbe ante una vida desgraciada repleta de negaciones, sometimiento y abnegación, que la enferman socialmente y que finalmente termina muriendo de una enfermedad física.
Con el paso de los años, el padre y su negocio cambian de sector, comenzando una sostenida prosperidad. A esas alturas del relato, Gabriel se ha transformado en un “hombre bien formado y atrayente” y su “educación más o menos cuidada, su infancia triste, sus nervios de mujer, han suavizado, aceitado la máquina ruda de su naturaleza de plebeyo” (p.35) También ha hecho amistad con Fernando Marticorena un “muchacho sin fortuna pero de abolengo ilustre” Admira de su amigo los dones que él no posee,” insolencia, confianza en sí mismo” (p.36)
Gabriel sufre por muchas cosas “tiene una exagerada tendencia al análisis, sobre todo a la autocrítica”, no logra vincularse socialmente con mujeres, siente el fracaso de su falta de personalidad y comprende que “nunca en ningún terreno sería cumbre, que no existía en él la fuerza creadora que abre caminos; entonces se resignaba a seguir pasivamente la huella gris que le señalaba su padre.” Hasta aquí, da la impresión que el personaje de Gabriel es una mujer encubierta, una de esas mujeres estereotipadas de la literatura masculinizante. En cierto modo se asemeja bastante a Ana María de El abrazo de la Tierra pues Gabriel es incapaz de revelarse completamente del sino amargo que su condición le tiene deparado, es como la mujer ángel que debe ser condescendiente, sin un “yo” definido, que mantiene la farsa de su vida para no importunar a quienes representan una estabilidad hasta cierto punto alienante. Por otro lado surge la dificultad de ser, al estar al abrigo de un padre que monopoliza los sueños, convirtiendo a su hijo en una prolongación ideológica social de sus propios proyectos. Es imposible, que éste logre siquiera actuar, principalmente debido a su condición subordinada. Esto es lo que a muchas mujeres les sucede en el ámbito de la literatura y que la misma María Flora sufre en carne propia con su padre.
Tampoco publiqué artículos mientras fui hija de periodista. Mi padre era mi verdadero maestro. Cualquier tema en sus labios cobraba interés, amplitud, vuelo […] le conté que había empezado una novela y que pensaba publicarla en cuanto estuviera concluida. Él se enderezó en la cama, alarmado.
 - “¡Cómo! ¿te vas a lanzar de repente al público con una novela? – exclamó- Nunca has publicado nada; empieza con un artículo o con un cuento.”  Eso explica que yo sólo haya publicado después de su muerte.
La novela continúa por el camino de las decepciones y el pesimismo, las ilusiones rápidamente son apagadas por la realidad que se empeña en hacer a Gabriel infeliz, claro que el personaje, no hace mayor esfuerzo para modificar su suerte. Es así que prefiere destruir su “yo” íntimo mediante el alcohol y la juerga, que finalmente es un escape ante las dificultades de insertarse social y afectivamente a una sociedad que le es muy aplastante.
Gabriel decidió sacudirse de encima el inútil bagaje del ensueño y hacer abortar en su alma todo impulso que respondiera a la emoción […] y…cada paso que daba en aquel camino, le parecía un triunfo obtenido sobre su “yo” íntimo y sobre la vida […] se hizo la ilusión que había amordazado para siempre su sensibilidad y que nacía en él un hombre nuevo: fuerte, frío, invulnerable. (63 p. 64)
Pero esta autodestrucción no puede durar para siempre y conoce a Berta. Se ve una luz de esperanza, pero será sólo una ilusión ya que bastarán dos años para que su matrimonio se transforme en una pesadilla. Es interesante notar cómo Mari Yan dibuja aquí -siguiendo la tradición patriarcal de los estereotipos- la transformación de Berta de una casada ideal para Gabriel, trabajadora, amante y sencilla, un ángel de la casa, en un monstruo sediento de atención, de dinero y de incomprensión, es una bruja entre sus cacerolas y sus vapores, no se preocupa de su aseo y ya no lo ama, sólo espera el bienestar económico. Veremos cómo Berta sufre esta transformación.
Mujer “ángel de la casa”
Fue entonces cuando conoció a Berta (…) era transparente como el agua de una fuente, sin oleajes sin misterio. Tenía pupilas de primera comulgante y una belleza de espiga de trigo ante el sol mañanero. Confesó que le gustaban los folletines de amor y que ella misma confeccionaba sus vestidos y sombreros. (p. 64)
Mujer “monstruo” bruja, demonio.
Detrás de sus grandes ojos de primera comulgante, se esconde una voluntad de acero. Testaruda, limitada y metódica, no ha sabido hacer de su cerebro sino un molde de afanes caseros. Pasa la vida entre la cacerola y la tabla de planchar, contando los terrones de azúcar y refunfuñando a media voz contra el gasto excesivo. (p.70)
… la encuentra olorosa a horno y a lavaza, ataviada con amplio delantal que la asemeja a una criada. En cuanto ve a su marido, trata de envolverlo en la red de sus mezquinos afanes, y si el espíritu de él se revela o se evade, ella tórnase acerba, ceñuda e inquisidora (p.70)

Cansado de esta situación, Gabriel pedirá al padre que lo envíe a París en viaje de negocios, para firmar nuevos contratos de importación y renovar proveedores para la tienda. El padre acepta y nuestro personaje tendrá tres meses para descansar de su mujer e iniciar un romance con una chilena viuda y millonaria, “de una belleza sin edad” que vive en la Ciudad Luz. Nuevamente nuestra autora nos mostrará la evolución de una mujer, pero esta vez lo hará en sentido inverso. Irene, la viuda millonaria, es descrita en un comienzo como un ser despreciable, una máscara de apariencias, para luego transformarse en una sensible enamorada que sufrirá por la ilusión, ella está dispuesta a negar su “yo” para agradar a Gabriel que la seduce inconscientemente y jamás se convence mostrando el temor que ya hemos mencionado.
Mujer “Monstruo”
No perdía conferencia, frecuentaba todos los conciertos, cultivaba a los artistas, pero en realidad su cultura consistía en hablar tres idiomas y en resbalar un ojo sobre cada libro europeo que venía  a la luz. Fachada sin cimientos, decoración sin fondo, era la torre de su erudición. A pesar de su apariencia altiva, obtenida por educación y por control, era una sensible, una super-sensible que jugaba a ser mujer fatal. Se sabía atrayente y jugaba a ser coqueta, con una coquetería fría que no tomaban parte ni su corazón ni sus sentidos. Se creía invulnerable y trataba a los hombres desde una gran altura, con ademanes de reina, pero el homenaje masculino le era  necesario para vivir. Su cualidad predominante era la sobriedad que a veces la revestía de cierta rigidez. Nunca se desmedía ni en sus palabras ni en sus actos. (p.91)
“Ángel de la casa”
Trató de evitarlo y no volvió a salir con él. Era un tácito consentimiento de su cuerpo junto a una rebelión exasperada de su alma. Su amor la arrastraba; su educación su orgullo, sus prejuicios la retenían. Evitaba a Gabriel, pero aún lejos de él, la envolvían sin cesar sus palabras, su presencia, su olor tan peculiar a agua de Colonia y a tabaco. Y veía junto a su rostro, la expresión un poco animal de aquel otro rostro saturado de deseos impuros. Pero repudiaba toda idea de acercamiento entre los dos y se mantenía en actitud altanera, casi hostil. (p. 100 Mundo en sombra)
La noche previa al retorno de Gabriel a Chile, Irene “En un impulso de pasión, intenso y devorante como una agonía, subió hasta el cuarto que él ocupaba en el hotel, golpeó a su puerta y cayó en sus brazos con el ansia desesperada de alcanzar la plenitud de su amor en aquella última noche que se extinguía sin mañana.” (p.101) Luego de esta escena amorosa (la única de las tres novelas en que el sexo está involucrado)  pasan dos años en que Irene sufre de incertidumbre por saber si Gabriel se ha enamorado de ella, sueña y recrea los momentos vividos, el miedo se apodera de su alma y surgen las imágenes apocalípticas.
Parecíale que el tiempo la devoraba, que mañana su cuerpo joven estaría manoseado por la vejez, sus labios inútiles ya para besar y sus ojos apagados por la helada indiferencia del no ser. “hoy me veo aún hermosa, mi cuerpo es duro, mi piel es suave; mañana…” Un estremecimiento de horror la agitaba: creía ver que el crepúsculo de la edad envolvía ya su carne de treinta años y que el amor sólo llegaba a ella como el aleteo de una nostalgia o de un recuerdo. (p.108)
Para terminar con todo este sufrimiento, luego de dos años decide viajar a Chile y enfrentar a Gabriel, sólo para sufrir la desilusión más grande de su vida al enterarse de labios de su amado que todo ha sido una ilusión de su parte, que es imposible que el amor esté presente entre ellos. Irene intenta resistirse, no aceptar la realidad, pero termina por convencerse de que Gabriel no le corresponde y que ha malgastado su tiempo y amor.
Me gusta cómo eres, afirmó ella, ansiosa de engañarse a sí misma. Sin embargo, empezaba a sentir una atroz decepción. Mil veces había vivido en imaginación el momento en que revelaría su amor; de antemano había escuchado las palabras de Gabriel y saboreado su halago, su emoción. Y en vez del ensueño que su mente forjara, un ser acartonado le contaba su fatiga de vivir. (p. 117)
El libro concluye de manera pesimista con una Irene retornando a París despechada y con Gabriel resignándose al oscuro camino sembrado por el padre, que dicho sea de paso hace un año que está muerto, pero a diferencia de lo que la muerte del padre significó para la autora, en Gabriel la falta de vitalidad y conformismo pueden más y no es capaz de torcerle la mano al destino.
“Había llegado a la oficina. No hay remedio, se dijo, para mi mal y sentándose frente a su mesa de trabajo empezó una carta […] Cuando terminó de escribir, salió a la calle y caminó sin rumbo.” (p. 137)
1.3 ESPEJO SIN IMAGEN
Esta es quizás la novela mejor lograda de las tres que analizamos en este artículo. Clarisa, joven preceptora, llega en compañía de su madre a vivir en el fundo Los Olmos. Aquí conocerá el amor y cree que podrá dejar atrás el pasado que le ha obligado a escapar de un matrimonio por conveniencia concertado por su propia madre con el fin de mantener la tradición de la mujer casada a cargo de las labores domésticas, sin pasar zozobras, pues el hombre es quien tiene la obligación del sustento.
Y pienso: Si asintiendo al deseo de ella, me hubiera casado con don Pancho Cautín, no me vería hoy obligada a trabajar. Mi existencia correría ociosa, en el ancho bostezo de ese bienestar material que ignora la punzante inquietud del mañana… Pero no ¡mil veces, no! Prefiero seguir siendo una humilde maestra. (p. 8)
En este párrafo vemos cómo Clarisa inicia en la novela mostrándonos su rebeldía en contra de lo que la madre la aconseja. Sin embargo de a poco irá sintiéndose encerrada por el entorno físico y social del fundo, aprisionada por el deber moral que su cargo reviste.
Los Olmos está encajado en un valle angosto, largo, sin holgura, que a veces se me antoja una prisión. Jamás un horizonte que ensanche la mente y deje ir el pensamiento en un ilimitado vuelo, como un pájaro errante. Siento la impresión de que esta cadena de montes es muro infranqueable que me aísla de la vida. Y al mirarlo nace en mí, irresistible una inmensa nostalgia vagabunda. (p.13)
Clarisa necesita una figura viril que la domine y subyugue esa rebeldía que trae, espera el amor y como los demás protagonistas de las novelas de María Flora Yáñez, el enamoramiento es fulminante. Pronto lo encontrará en Reinaldo Salazar, administrador del fundo, casado y dos hijas. De todas maneras, esto no será impedimento para que ella construya castillos en el aire y se enamore rápidamente de Reinaldo.
Y empecé a soñar, a divagar, a construir un castillo que llegaba hasta el cielo. (p.19)
Es que los sueños son mi verdadera vida. Sí. Me complace a veces verme gloriosa, yo que carezco de los más elementales dones para serlo; yo que, a más de tímida soy opaca e insignificante. (p. 21)
Instintivamente cojo la mano que él me tiende, y ese contacto fuerte y rudo me hace experimentar una sensación de refugio seguro.  Y… embrujo quizás de la hora, del cielo o de nuestra larga plática: ¡me parece pronto estar en adoración ente el dios Pan! (p. 31)
Luego, su papel de jefe, su energía, el cetro que lleva de animador de estos campos, le prestan un prestigio y una autoridad que subyugaron a la apasionada que hay en mí, ávida de prosternarse ante el hombre superior, fuerte y viril. (p.76)
Podemos ver como los arranques de rebeldía sucumben ante el amor o la perspectiva de este. Lo que ella siente por Reinaldo está cargado de un componente sexual, es la pasión lo que ella desea, cada roce es exacerbado, por las noches le cuesta conciliar el sueño y piensa todo el tiempo en él, lo idealiza, lo convierte en héroe, en víctima; en todo lo que su fecunda imaginación promueva, realmente Clarisa vive imaginando y esperando, al borde de la locura.
Mi cuerpo se estrecha a su cuerpo y cojo su brazo, aquel brazo viril y rígido que ya conozco, que me da su envolvente protección, pero que marca inexorable la distancia, tratando de impedir cualquier contacto epidérmico.  (p.41)
Y ahora es tarde para luchar contra esta marea de sentimientos que hierven dentro de mi alma. Soy la víctima de mi exaltación y sobre todo de mi soledad. Vivo en estado de angustia incesante. Durante las noches velo hasta tarde para saborear largamente el embrujo de su ventana, esa ventana inflamada, allí, frente a mi casa, que me mira como un ojo humano y tras la cual, él vive, piensa, sufre. (76 p.77)
Y en esta novela también acontecerá lo que en las anteriores, Clarisa transitará entre el delirio y la decepción, se ilusionará con la posibilidad de que Reinaldo se divorcie, pero sabe que eso es difícil. Sin embargo, de quien Reinaldo está realmente enamorado es de su trabajo, del campo que administra, eso es lo que le quita el sueño; lo demás, ayuda a sobrellevar la vida, pero nada más y Clarisa lo comprende, pero no se convence.
Sólo soy para él una mujer dulce y tranquila. No sospecha que otras mil mujeres viven dentro de mí ser. (p. 84)
Siento que empieza para mí el velorio de un pobre romance de tres meses. Y miro lúcidamente, mi porvenir sin esperanzas. Veo con pasmosa realidad, lo que seré dentro de algunos años: solterona arrugada y virtuosa que sólo tendrá como objetivo aliviar el dolor y la miseria de los otros. ¡Generosa misión! Pero, Señor, yo aspiraba a algo más. ¡Vivir mi vida propia con su parte de amor! (p. 101)
Estoy enferma de ansia, de proyectos. No pensar. No sentir. Cerrar los ojos y esperar… (p. 104)
El futuro se ve incierto y pesimista, las cosas no andan bien en el fundo, al levantamiento obrero que con dificultades logró controlar Reinaldo, se le suma un posible cambio en el cargo de administrador. Esto último, lo tiene intranquilo y  Clarisa intuye que nada bueno le espera.
Presionado por el cambio de administrador Reinaldo decide suicidarse con un tiro en los sesos. Hasta aquí llegan las ilusiones de Clarisa, siente su muerte igual o con mayor intensidad que la viuda, se ha roto la posibilidad de ser feliz y ella sabe claramente que este dolor será para siempre. Finalmente decide aceptar una vacante para trabajar en una ciudad cercana y se marcha dejando atrás sus ilusiones y llevándose el dolor.
Provistas de nuestras maletas, nos sumergimos en el seno hostil e indiferente de la urbe. No quiero rememorar más. Algo hay definitivamente roto en mis entrañas. Estoy dañada para siempre.
Esta novela termina como lo hacen las otras, con decepción, finales tristes pera historias de tristeza que muestran el mundo femenino acorralado y sin opciones reales de alcanzar la felicidad, temor a la soledad y resignadas a este miedo que ya no es algo completamente desconocido para lo que vienen siendo sus existencias.



2. CONCLUSIÓN
La obra de María Flora Yáñez está compuesta de 14 publicaciones; ocho de ellas son novelas, dos memorias, dos libros de cuentos y una antología. Su trayectoria literaria se prolonga por casi 50 años en los que actuó de manera comprometida con la literatura nacional. Todo esto la convierte en una escritora de fuste de las letras chilenas, sin embargo al comenzar este artículo mi conocimiento de ella era nulo y debo reconocer que llamó mi atención su parentesco con Pilo Yáñez o mejor conocido como Juan Emar. Al momento de comenzar a investigar me encontré con la abrumante falta de material sobre Mari Yan y al consultar e iniciar conversaciones con estudiosos de las letras nacionales, sus conocimientos no pasaban más allá de algún dato bibliográfico. Todo esto es extraño considerando su trayectoria, número de publicaciones y vinculación con el campo literario chileno, además en su palmarés figuran dos premios de relevancia a nivel nacional como son: el premio Atenea; 1947 por las memorias “visiones de infancia”, y el Premio Municipalidad de Santiago; 1954 por la novela “La Piedra”. La recepción crítica también le favoreció presentándola como un talento capaz de pasar a la posteridad por su calidad descriptiva.
L.D
La señora Yáñez es un poeta que sabe sugerir por medio de ese secreto mágico que guarda el idioma cuando se sabe manejar, toda esa recóndita gama que abriga la sensibilidad  de una mujer enamorada y soñadora.
F. El Mercurio 27 de septiembre de 1936
Mari Yan tiene ganado un lugar en las letras chilenas. Mujer nacida con todos los dones para entregarse a una vida fácil y agradable, levanta su rebeldía de escritora en un hermoso gesto desdeñando el comentario pueril que se encona siempre con la mujer que se singulariza. Y ya ha realizado una obra que puede permitirle una postura más holgada, valiente y vigorosa en nuevo libro que sin duda se impondrá por los méritos que de sobra adornan a la escritora.
Entonces ¿qué pasó con María Flora Yáñez?, ¿Por qué hoy no es leída, ni conocida?, da la impresión que su salida del canon puede deberse a su condición de mujer, pero no sucedió lo mismo con Marta Brunet y María Luisa Bombal, contemporáneas y con quien se le asocia en el estudio de María Jesús Orozco Vera, de la Universidad de Sevilla, titulado “Literatura y Subversión: Proyección de la fantasía en la obra de Marta Brunet, María Flora Yáñez y María Luisa Bombal” Cabe señalar que Brunet y Bombal son leídas actualmente, se realizan reimpresiones de sus obras, como las obras completas de Bombal en la Editorial Zig-Zag. Además son sugeridas como lecturas en la educación formal Chilena. Estas interrogantes quizás sean objeto de nuevos estudios, tal vez hieran la curiosidad de alguien y pueda rescatarse esta figura de las letras femeninas nacionales.
Volviendo a nuestro tema, en las tres novelas de María Flora Yáñez, como quedó demostrado en el análisis de cada una de ellas, los personajes femeninos tienen una importante similitud en cuanto a sus motivaciones, sueños y decepciones; que principalmente son de carácter amoroso. Ellas recrean un mundo imaginario en torno a la figura de los hombres que aman y esto a pesar de las dudas sobre el carácter psicológico que mueve a estos hombres trágicos, anodinos e insufribles, como lo que menciona Gabriel en Mundo en sombras.
“Vivía tranquilo, sin amor, sin dolor. “Es lo que deseo, se decía siempre, sólo el placer, el placer que mientras más se conoce, más huele a cadáver”” (p.113)
Sin embargo, sus protagonistas continúan adelante con sus afanes, en contra de las evidencias, de los comentarios, consejos y decepciones que sufre en el tránsito de sus “relaciones” y las escribo entre comillas porque ninguna de ellas es una relación en su sentido completo. La concreción del idilio amoroso, apenas se logra, un roce es magnificado, tomarse de la mano es sinónimo de amor y un beso es lo máximo en cuanto a sensualidad se refiere, sus protagonistas sufren de un deseo reprimido por sus propias inseguridades que a la larga serán un impedimento para siquiera asomarse a la posibilidad de amar, ya que esta sensación inestable e insufrible parece convertirse en atmósfera brumosa en que sus personalidades navegan sin mayores problemas que el de constantemente transitar de un estado a otro, sin esperanzas, con resignación.
Esta montaña rusa de emociones en que se pasa del amor y la felicidad cayendo a la decepción pesimista de un futuro imposible marcado a fuego por el desengaño que se tiende a generalizar vislumbrando vidas sin futuro, aún siendo sus personajes muy jóvenes, Ana María de 20 años, Clarisa de 28, Irene de no más de 30 y por qué no Gabriel también de menos de 30 años. ¿Qué pasa a estos personajes, cómo se resignan tan rápido y no continúan dando batalla por ser felices?, Tal vez se deba a lo central de nuestro argumento, quizás son estos complejos y ansiedades propios de las autoras de esta época, los que incidan tan fuertemente en la conformación de personalidades grises que finalmente no esperan nada de la vida y se conforman con destinos trazados por la tradición, la sociedad o la falta de ánimo. Son los nervios propios de los personajes femeninos, de los estereotipos construidos durante siglos en la literatura occidental y patriarcal. Mari Yan no puede escapar de su época, menos sus personajes y sus sombríos mundos, al miedo a ser felices y a vivir.

 BIBLIOGRAFÍA
Bourdieu, Pierre. 1995. Las reglas del arte: génesis y estructura del campo literario..El punto de vista del autor, algunas propiedades generales de los campos de producción cultural.  319 p. 320. Barcelona: Anagrama
Gilbert, Sandra y Gubar, Susan. 1998. La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria del siglo XIX (1978). Cátedra.
Esterlich, Juan. Panorama de la Novela Chilena, Cap. XIII. María Flora Yáñez y sus novelas de la vida espiritual. 1955
Ludmer, Josefina. “Tretas del débil”. La sartén por el mango. González, Patricia Elena y Eliana Ortega (comp.). Puerto Rico: Ediciones El Huracán. 47-54, 1984.





[1] Gilbert, Sandra y Gubar, Susan. 1998. La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria del siglo XIX (1978). Cátedra.

[2] Bourdieu, Pierre. El punto de vista del autor, algunas propiedades generales de los campos de producción cultural.  319 p. 320
[3] Esterlich, Juan. Panorama de La Novela Chilena, Cap. XIII. María Flora Yáñez y sus novelas de la vida espiritual. 1955
[4] Gilbert, Sandra y Gubar, Susan. 1998. La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria del siglo XIX (1978). Cátedra.
[5] Ludmer, Josefina. “Tretas del débil”. La sartén por el mango. González, Patricia Elena y Eliana Ortega (comp.). Puerto Rico: Ediciones El Huracán. 47-54, 1984.