domingo, 4 de marzo de 2012

María Flora Yáñez: La imposibilidad del amor [por Aldo Astete Cuadra]




María Flora Yáñez
La imposibilidad del amor

Aldo Astete Cuadra
Universidad Austral de Chile, Magíster en Literatura Hispanoamericana Contemporánea  E-mail: aldo_ast27@yahoo.es
Este trabajo estudia tres obras de María Flora Yáñez (Mari Yan): su intento es identificar conflictos existenciales propios de las mujeres de mediados de siglo XX.  Para ello se analizan las tres primeras novelas: El abrazo de la tierra, Mundo en sombra y Espejo sin imagen, desde una óptica feminista propuesta por las investigadoras estadounidenses Gilbert y Gubar en su estudio La loca del desván, que develará las dificultades de sus personajes de Yáñez para desarrollarse en un ambiente masculinizante. En este trabajo se destaca la incorporación de la recepción crítica de las obras en cuestión y de la distancia en el tiempo que permite su análisis.
Palabras clave. Feminismo, literatura, ángel de la casa, ángel de la muerte.
0. INTRODUCCIÓN
Las tres novelas estudiadas son El abrazo de la tierra, 1933 protagonizada por Ana María, novela que recibiera una recepción crítica positiva y alentadora; Mundo en sombra, 1935 de comentarios dispares y en que el protagonismo se reparte entre Gabriel e Irene; y finalmente Espejo sin imagen, 1936 obra en que Mari Yan alcanza mayor altura narrativa, su protagonista es Clarisa y esta novela es la que obtiene mejor recepción crítica de las tres. En este corpus, encontramos como tema central la temática del amor, que se repetirá con ciertos matices, pero que en definitiva siempre quedará inacabado, principalmente por la pugna moral de sus protagonistas, el miedo a cortar los vínculos que las atan a una tradición ancestral y finalmente el determinismo trágico que estas protagonistas cargan y que pareciera ser común a la mujer de aquella época.
Las novelas de María Flora Yáñez (Mari Yan) están insertas en el periodo álgido para la lucha feminista en Latinoamérica y en el mundo. Las necesidades de equipararse en igualdad de condiciones con los hombres en un amplio espectro social, político, económico y sentimental se hacen evidentes en los temores y dificultades que las protagonistas  enfrentarán para realizarse afectivamente ante un sistema de creencias anquilosado y patriarcal. Lo que nos proporcionará una referencia especular de la sociedad y de las mujeres de la primera mitad del siglo XX.
Una lectura general de Sandra Gilbert y Susan Gubar, permite observar en la literatura femenina de los siglos XVIII, XIX e inicios del XX  un carácter intimista, en que los sentimientos afloran contradictorios y sus protagonistas se encierran, llenándose de inseguridades, temiendo amar y ser amadas, obedeciendo a una tradición que les impide revelarse y emprender sus propias revoluciones en diversos planos de lo cotidiano. Todas estas dificultades están enraizadas, según las autoras, en la construcción que la literatura clásica ha levantado en torno a la figura de la mujer y que se grafican como: El ángel de la casa o de la muerte, la loca del desván, la mujer monstruo, bruja, por nombrar algunas y estas imágenes construidas por la tradición terminan reproduciéndose en sus propios intentos de autoría, lo que indica el grado de arraigo de la tradición occidental en las mujeres de todo el mundo.
Debido a ésta y otras maneras de pensar de la sociedad europea es que surge a comienzos del siglo XX en Europa una efervescencia de mujeres feministas que exigen igualdad de derechos y posibilidades en todas las áreas, lo que más tarde se replicará con la misma fuerza e insistencia en Latinoamérica: el derecho a sufragio, la incorporación de la mujer como mano de obra calificada y profesional, la incursión en el arte y la literatura, etc. La mujer intenta dejar atrás siglos de opresión patriarcal en una lucha social que reviste dificultades contradictorias, pues no sólo los hombres coartan estos anhelos feministas, también un número importante de mujeres perciben normalidad en sus vidas afirmando que la organización familiar y social debe continuar desarrollándose como lo ha sido en el caso de sus abuelas y sus madres. Aquellas escritoras dispuestas a desmarcarse de la tradición deben desoír esas voces ancestrales, externas e internas que le dificultan el andar, pero son sus propios miedos e indefiniciones los que presentan las peores dificultades. Podemos ver como María Flora se cuestiona su talento y evidencia sus miedos en su diario de vida.
¿Qué me ofrecía el futuro? ¿Conseguiría ser novelista, liberarme de mi yo por medio de la pluma? ¿Conseguiría dominar mi mente al desahogar esos desconciertos que me asaltaban? ¿Tendría el talento necesario para expresarme? ¿O sería siempre, como secretamente lo deseaban mis padres, la niña bien o la burguesa que sigue un camino trazado de antemano? ¡No y no! La verdad es que no nací para tal existencia. Debo convertirme en escritora o en actriz aunque tenga que destrozarme en la lucha […] Pero… una mujer se ridiculiza si no escribe algo genial o, por lo menos, excelente; un hombre puede escribir cualquier obra insignificante. Para el sexo débil no existe término medio: o gran talento o nada. ¿Y yo tendré talento? (105 p. 106, Historia de mi vida)

Lo visión ideal de la mujer que impera en la sociedad tradicional de la época, es la de una mujer que Gilbert y Gubar han llamado ángel de la casa una mujer pura, ingenua, carente de personalidad y de un yo, con la principal intención de agradar al hombre. Esta visión Victoriana es la que prevaleció durante el siglo XIX e inicios del siglo XX. Además se editaban manuales de costumbres orientados al público femenino para la masificación del estereotipo femenino que la sociedad esperaba. Fue tanta la influencia y el poder de esta imagen que en literatura la mujer aparecía positivamente retratada tanto por escritores como por escritoras. Esto lo podemos ver en Mundo en sombra, que imita el ideal femenino al describir a Berta ante los ojos de Gabriel: “Frecuentemente encontraba a la muchacha sin aliños, de manga arremangada, ocupada de los menesteres de la casa, toda rosada y olorosa a sudor de mujer joven y sana.” (p. 66). Esta imagen es precisamente la que termina por convencer a Gabriel, el protagonista de esta novela, para casarse con la muchacha que demuestra docilidad y abnegación. Sin embargo, estas mujeres, al tomar conciencia de su posición concluyen que ser abnegada es estar muerta, ángel de la muerte, o por lo menos muy enferma como Clarisa, protagonista de Espejo sin imagen “Estoy enferma de ansia, de proyectos. No pensar. No sentir. Cerrar los ojos y esperar…” (p. 104)
También existe la visión de la crítica literaria sobre el tipo ideal de una escritora y sus creaciones, enfrentándonos a comentarios misóginos en relación a las obras de María Flora Yáñez como los de  Fernando Durán V. Mundo en sombra 15 de agosto de 1935
La lógica no es precisamente el fuerte de las mujeres y ello se echa de ver a menudo cuando escriben. La pluma femenina descuella en el trazado cuidadoso de los detalles, en la pintura menuda de los sentimientos […] Una novela de mujer puede ser excelente si se le considera en los elementos que la integran, rara vez llega a serlo en la combinación armónica de los mismos […] La novelista ha perdido de vista su tema y lo único que le interesa es aparecer a tono con las conquistas modernas, exhibir un conocimiento y una comprensión cabales de todo cuanto, con razón o sin ella, ha querido señalarse como propio del arte actual, y propio, por lo mismo, de los espíritus selectos de la época. Y aquí está su error. El mismo Gabriel y la exótica Irene padecen de este mal. La inquietud. La voluptuosidad auto-destructora del primero y la complicación sin asunto de la segunda, falsean el trazado de esta novela que pudo ser excelente y sólo es mediocre. Sobre todo Irene. Viéndola hacer una vida artificial, de teatro de Bataille, como si fuera la sacerdotisa de un rito esotérico, nos acordamos de la frase que alguien escribió a propósito de estas mujeres extrañas “nuestro error respecto de la mujer, consiste en que a menudo buscamos un vasto mecanismo donde apenas hay un mísero resorte.”
Esta opresión provocada por parte de la crítica literaria a las mujeres que se atreven a escribir o como dirán Gilbert y Gubar, probar la pluma, queda de manifiesto en sus vidas por la asiduidad con que las autoras se vuelcan a escribir diarios de vida y memorias que permiten identificar sus problemas íntimos, sociales y literarios de una época compleja para el quehacer femenino. También encontramos en sus personajes, en el estilo y en los fantasmas que acosan a las protagonistas de sus novelas, mujeres que describen un mundo íntimo, hacia adentro, en que los espejos no son capaces de reflejar su interior que las enferma, debilita y empalidece; mundos cotidianos, monótonos, oscuros y repletos de amores imposibles u opresores que se transformarán en únicas vías de escape o peor aún, en el fin de las ilusiones. Parece ser un juego de todo o nada, en que estas mujeres reprimidas llevan las de perder. En Espejo sin imagen sorprende encontrarse ya muy avanzada la novela, con que se trata de un diario de vida que sigue Clarisa y que le servirá para decir lo que no puede y desahogarse, como se ve en la siguiente cita.
Siento hoy, imperioso, el impulso de confiarme como antes a este diario. ¿Para qué? Tal vez cual una fuga desesperada de la realidad […] Sí. Fugarme de los hechos brutales y entrar de nuevo, como a un refugio, en este mundo bien mío, sólo mío, que creó mi pensamiento y que se fue poblando, día a día, de ensueños, de fantasmas […] (p. 133)

1. TRES LIBROS, TRES HISTORIAS DE AMOR.
En Mary Yan y su obra, es posible ver las principales dificultades que de acuerdo a Gilbert y Gubar han debido enfrentar las mujeres que se dedicaron o incursionaron en la literatura y que se observan en estas citas “No sólo es una mujer que prueba la pluma una intrusa y una criatura presuntuosa, sino que es absolutamente irredimible: ninguna virtud puede contrarrestar la falta de su presunción porque ha cruzado grotescamente los límites dictados por la naturaleza.” o “La literatura no puede ser el propósito de la vida de una mujer, y no debería serlo”  Similar será la visión de algunos críticos literarios ante la obra de María Flora Yáñez, comentando aspectos que sugieren cierta visión paternalista sobre la literatura y su tradición masculina.
            Este es el comentario crítico realizado por Fernando Santiván en El Mercurio con fecha 3 de noviembre de 1933, quien comenta la segunda novela de Mari Yan Mundo en sombra, pero que introduce su comentario aludiendo a la primera:
No hemos vuelto a leer “El abrazo de la tierra”. El ambiente campesino perduraba en él, por encima de los caracteres. Resultaba así, por exceso de timidez de la autora o por respeto del medio ambiente, una novela escrita para niñas solteras.
La visión patriarcal hace que mujeres como Anne Finch protesten diciendo que: “la pluma ha sido definida no sólo de forma occidental, sino esencial, como una <> masculina y, por lo tanto, no sólo es inapropiada para las mujeres, si no que les es realmente ajena”[1] Gracias a esta visión patriarcal es que se entiende plenamente que Omer Emeth, en Crónica Bibliográfica, 5 de abril de 1934, realiza un excelente comentario del estilo y de las proyecciones de Mari Yan, hasta que escribe lo siguiente:
Yo nunca tuve la sensación de habérmelas con la obra de un profesional. Mari Yan escribe, al parecer, sin esfuerzo. Diríase que ha tomado la pluma por mero entretenimiento. Escribe como quien charla a la hora del té o del bridge, lo cual, fuera de ser una gracia muy atractiva, constituye una originalidad bien femenina. Así es, a juicio mío, como debe escribir la mujer inteligente.
Desde que nacemos aprendemos normas sociales que se erigen de acuerdo a parámetros masculinos, La socialización, según Berger y Luckman, 1966, es la asimilación o toma de conciencia de la estructura social en donde un individuo nace y se desarrolla. La socialización se divide en dos tipos que marcan nuestro comportamiento social a futuro: la socialización primaria en que se adquieren las primeras capacidades intelectuales y sociales, y que juega el papel más crucial en la constitución de nuestra identidad actuando principalmente la familia como proveedor de sentidos. La socialización secundaria, es un proceso más prolongado en que instituciones específicas como la escuela, la universidad, el trabajo y las amistades, proporcionan competencias específicas, más abstractas y definibles. En todo este proceso de formación está la alienación patriarcal presente y este estado inflexible se aplica en todo orden de cosas, puesto que la sociedad tiende a reproducir una cultura que es vista como beneficiosa para aquellos grupos que pueden sacar mejor partido de esta reproducción. De acuerdo a lo que plantea P. Bourdieu “El campo del poder es el espacio de las relaciones de fuerza entre agentes o instituciones que tienen en común poseer el capital necesario para ocupar posiciones de poder en los diferentes campos (económico y cultural en especial).”[2] Deducimos entonces que el poder del campo literario siempre ha estado en el patriarcado, aunque Bourdieu lo explica en relación al capital, también podemos vincularlo a las esferas del poder político y social ampliamente dominado por hombres y que terminan por establecer parámetros masculinizantes que cohíben la creación literaria femenina. Recordemos que Mari Yan no publica hasta la muerte de su distinguido e influyente padre, las razones, ella las da a conocer en entrevistas, he aquí una concedida a Georgina Durand en 1941.
Su personalidad muy fuerte absorbía la nuestra, y así se explica que mi hermano y yo sólo hayamos publicado después de su muerte. Con el interés y la ternura que me profesaba, mi padre no habría permitido que yo entregara una línea al público sin corregirla él antes. Esto me cohibía: yo deseaba actuar por mí misma, sin influencia alguna, ni siquiera la suya.
El día antes de morir me dijo: Que sea muy delicada… ya lo sabes… tu novela… Lo que desearía en ti, como característica literaria, es una sobriedad casi clásica. No lo olvides.[3]
Esta forma patriarcal de conducirse ha llevado a las mujeres escritoras a tener una serie de dificultades para demostrar su valía. Estos problemas han sido estudiados permitiendo identificar aspectos controversiales de mayor preeminencia en el desarrollo de sus textos literarios que evidencian en manifestaciones de ansiedad ante la obra, como lo menciona Fernando Santiván, en El Mercurio del 3 de noviembre de 1935
Desgraciadamente, creemos que le faltó a la segunda parte el vigor de realidad que supo prestarle a la parte primera. Teniendo la protagonista la calidad espiritual, pudo resultar la novela de una intensidad que la colocara entre las obras descollantes de nuestra literatura.



1.1 EL ABRAZO DE LA TIERRA
El primer libro que Mari Yan publica es el Abrazo de la Tierra en 1933 y como ya hemos mencionado una vez que el padre ha muerto. En esta novela se observa una historia amorosa ambientada en el campo de la Zona Central de Chile, es importante mencionar el contexto geográfico ya que en su narración Mari Yan da gran realce a este aspecto y esto es destacado por la crítica literaria como vemos a continuación:
Según Juan Esterlich en Panorama de la Novela Chilena 1955 “Las notaciones del campo son puras, castas, precisas… La autora tiene una sensibilidad especial por las emanaciones de olor. No los define, propiamente. Obran, más bien, por evocación. Pocas veces se da, sin desenfreno, una percepción tan intensa de la naturaleza.
En cuanto a sus personajes, el principal es Ana María, una joven de 20 años, que posee una “belleza incorrecta, variable, toda de expresión, tenía el nimbo romántico, la marca seductora, de la espiritualidad” (p.12) pertenece a la clase acomodada chilena que vacaciona en fundos. Sus familiares más cercanos son su padre y la hermana de éste, tía que representa la opresión patriarcal ante la ausencia de la madre muerta hace ya algún tiempo, sin embargo, Ana María “amaba esa vida monástica y ese paisaje sin holgura […] allí transcurrirían dulcemente sus días sin más paréntesis que los cambios anuales del colegio de monjas a las vacaciones en el fundo y de las vacaciones del fundo al encierro de las monjas.” (p.19)
Ana María está comprometida con Enrique, de 33 años, “al cual creía querer”.  Él es un hijo de hacendado que la quiere de manera fría, casi utilitaria, encontrando que los afectos son debilidades e impidiendo que Ana María pueda conocerle. Se refiere a él como “Apagador de impulsos. Muro que detiene, muro que ahoga…” (p.38) y en el momento de proyectarse, al pensar en el compromiso matrimonial que le espera  “Una sombra pensativa pasaba por la mirada de ella. La felicidad… ¿Qué otra cosa podía ser que esa quietud, remanso de calma, aguas inmóviles que ningún oleaje había agitado jamás?” (p.42). Mientras tanto, Enrique se complace en imaginar para el futuro “una Ana María transformada por él, amoldada a sus gustos mediocres, modelada según el concepto que él tenía de una buena casada.” (p.41) aparece esta visión Victoriana de la buena casada, mujer de la casa, buena esposa, madre y servicial, que precisamente no es sólo el concepto de Enrique en la novela, sino que es el concepto de una sociedad que “encomiaba a las jóvenes el sometimiento, la modestia y la abnegación: recordando a todas las mujeres que debían ser angelicales.” Pues “si la esposa debe su ser a la comodidad y provecho del hombre, es muy razonable que sea cuidadosa y diligente en contentarlo y agradarlo.”[4]
El conflicto amoroso en la novela, se hace presente de manera abrupta, sacando de la monotonía a los personajes y permitiendo el desarrollo de las ilusiones de Ana María. Con la aparición de Juan Carlos Almeida, el triángulo amoroso se configura rápidamente y la protagonista tendrá que optar, con dificultad y temor, por una de sus posibilidades amorosas: el miedo a lo desconocido y hasta cierto punto, prohibido que representa este apuesto y extrovertido joven que viene desde París para tomar posesión como heredero del fundo vecino, o continuar con su prometido y el desgano de una relación que no presenta horizontes que no sean convertirse en la “Perfecta Casada”. Estos acontecimientos le harán preguntarse por su vida pasada y presente, de los que sus reflexiones no son alentadoras. “¿Qué había hecho hasta entonces de su vida? Le parecía de pronto que los años transcurridos se habían adicionado silenciosos y huecos, que ella había marchado a ciegas. Es verdad este fundo parece una prisión…”  (p.95)
El único momento amoroso explícito que se retrata en esta novela marca el punto cumbre en la dicha de la protagonista, dejará por un momento sus miedos y aprensiones para mantenerse incondicional y firme ante el nuevo amor, el que ella cree definitivo y verdadero.
La joven volvió la cabeza incapaz de sostener esa mirada que enturbiaba la fiebre del deseo. Pero él se aproximó aún más y de pronto la besó en los labios con un beso interminable. Un estremecimiento profundo, misterioso, la sacudió a ella hasta el fondo de su ser. Cerró los ojos y se quedó pálida, con una belleza de agonizante. (p. 122)
Ana María se siente  liberada del futuro que antes de este momento, se mostraba sombrío junto a un hombre frío, toma conciencia de la pesadilla que su relación con Enrique le deparaba.
Ve en imaginación lo que será su existencia con Enrique, en el corazón de esas tierras, dentro de la casa de muros aplastantes en que la vida sólo se inspira del pasado. Adivina los días monótonos, sin más objetivos que la labor doméstica a la vera del brasero. Imagina las conversaciones insulsas, siempre sobre los mismos temas; el hastío en común; la vida estancada en que las pasiones duermen arrulladas por el concierto imperturbable de los grillos y las ranas… siempre igual, hoy, mañana y todos los días que siguen, y las semanas y los meses y los años, hasta que al fin vendré la muerte, silenciosa como fue la vida, y todo continuará… Una expresión de horror se pinta en sus pupilas. (125 p. 126)
Este cuadro, es la clásica transformación de ángel de la casa en ángel de la muerte, esta reclusión matrimonial y la falta de motivación la lleva a imaginarse un futuro en que sólo queda aguardar la hora de la muerte para concluir el tedio. Ana María toma la decisión de cambiar su destino, comprende en la ignorancia amorosa en que se encontraba y siente nacer en ella una mujer nueva, distinta y enamorada. Termina relaciones con su prometido y comienza a vivir una vida nueva, con ilusiones y alegría. Pero pronto su tía, quien defiende la tradición moral y la quietud de la mujer la devolverá a la realidad de su condición. Inmediatamente sus sueños se vendrán abajo, comenzará la caída de Ana María, el desamor y desengaño. Ya está pronto el desenlace y la novela se transforma en un cúmulo de desaliento y pesimismo, esta es la conversación que la llena de miedos y la vuelve incrédula.
-          Noto en ti, hija, desde hace días, cierta desorientación que no deja de inquietarme. Tienes una alegría chocante, fuera de lugar. No te ocupas de ninguna cosa seria: ríes, lees y cantas; hasta has abandonado tu labor… ¿te parece bien? (p.145)
-          Y si crees que el Almeida se va a casar contigo… Ni contigo, ni con nadie: esa laya de hombres no se casa. (146)
Ante estas últimas palabras Ana María se torna recelosa y guarda distancia de Juan Carlos, instancia que coincide con los rumores de que ha vendido el fundo y regresa a París. Pierde la alegría y seguridad acudiendo ante el espejo para observarse enferma un ángel de la muerte.
Vio su fisonomía reflejada en las aguas turbias del cristal. No, se dijo contemplando sus ojos desmesurados, su tinte pálido, su boca herida, ansiosa que sangraba. No, no se casará conmigo; es imposible que me quiera. Y hundida bajo el peso del desastre, salió lentamente del salón. (p.148)
Finalmente su amor no puede ser y la realidad que anunciara su tía se presenta cruel ante sus ansias, Juan Carlos se va prometiendo regresar, pero ambos saben que no será así y todo queda en una trunca historia de amor en que la principal damnificada es la mujer, es Ana María quien no tendrá más remedio que asentir la vuelta de Enrique y asumir su desdichado destino que lo resume así en las últimas líneas del libro.
¡Cómo se descomplica la vida y con qué facilidad todo se aquieta a su alrededor! La ventana abierta a la luz se cierra empujada por mano invisible; los muros coloniales emparedan su mente otra vez. Y ella siente en su interior, una voz que murmura dulcemente:
<> (p.196)
En esta novela se puede apreciar claramente la transformación que sufre su protagonista de ser un ángel de la casa, la mujer abnegada, amorosa, comprensiva que se debe a su hombre, incapaz de ir en contra del destino trazado y que se deja arrastrar sin esperanza a un desenlace que puede terminar con ella enferma, loca o mejor aún muerta. A esta última imagen asistimos en el desenlace y palabras finales de El abrazo de la tierra a esas voces dulces conformistas y malvadas que le dicen que se convertirá en un ser sin voluntad, un sonámbulo sin la esperanza de que un príncipe azul llegue a despertarla de un beso, pues la voz es bien clara, “para siempre… vas a dormir” configurándose así el ángel de la muerte.
1.2 MUNDO EN SOMBRA
Esta novela inicia con un Prólogo de la autora en el que se vale de un argumento conocido como Tetra del débil[5] para evitar generar expectativas y asegurarse un trato menos hostil de parte de la crítica literaria y de los lectores. Gilbert y Gubar en su libro lo explican de la siguiente manera: “Si se negaba a ser modesta, a despreciarse, a ser servil, si se negaba a presentar sus producciones como meras insignificancias ideadas para divertir y distraer a los lectores en momentos de ociosidad, podía esperar que se hiciera caso omiso de ella o que se le atacara (a veces insidiosamente)”
El libro que presento hoy al público no desenvuelve una trama complicada ni expone problema alguno […] “Mundo en sombra” es sólo una novela de cuadros, de atmósferas y de vibraciones íntimas […]
A pesar, de la utilización de esta artimaña, la crítica literaria fue dura con Mundo en sombra, precisamente criticando las historias que María Flora pretendió narrar en su novela. Críticos de la época, como Alone o Santiván comentarán ácidamente esta obra. Tal vez exista alguna relación entre el prólogo y la recepción crítica, quizás la obra aún presentaba dudas a su autora o por lo menos permitió que éstas se tornaran reales ante la crítica que no sólo habla de la obra, sino, que se refiere al género de su autora de manera por lo menos misógina.
Crónica literaria por Alone 25 de agosto de 1935
Esta escritora pertenece a la aristocracia y ha vivido en el medio elegante de la gente rica. Todos sus recuerdos, todas sus impresiones, desde las más lejanas, hasta las más próximas, háyanse asociadas a personas de alta cultura y sus viajes al extranjero han contribuido a refinar su sensibilidad y su gusto, proveyéndola de un material de imágenes que se diría el más apropiado para realizar una obra fina y alejarla de los aspectos vulgares de la existencia. “Mundo en sombra” paradoja viviente, demuestra la fragilidad de semejante lógica […]  Y todo está admirablemente descrito, con soltura y abundancia. Vibran los colores y las palabras y hay esos rasgos gráficos, esas expresiones felices que vienen de una fruición interna propia del artista que se siente en su terreno […] Cuando el niño crece y empieza su relato psicológico, el de un ser aislado, tímido, encerrado dentro de sí, amurallado por la frialdad del corazón, nosotros comenzamos a sentir que la autora está inventando y la novela adquiere un aire de novela convencional desanimada. La ilusión desaparece. Pero, de todas maneras, resulta extraño el apagamiento de condiciones tan brillantes y tan firmes como las que al principio se revelan. Todo el resto de “Mundo en sombra” se lee, porque hay que leerlo, no por gusto [...] Pero Mari Yan posee un talento demasiado vigoroso para no reaccionar. Sabe muchas cosas, acaso no le falta un conocimiento más, el de sí misma, el de su camino propio. Sin la pretensión de indicárselo, creemos que la mejor manera de ayudarle a que lo encuentre, consiste en que cada cual le diga, con ruda franqueza, la impresión que su obra produce, poniendo de relieve así lo que ofrece de sólido como lo que presenta de vacío.
Fernando Santiván en El Mercurio con fecha 3 de noviembre de 1933
[…] Creemos que dominó a la autora durante el trabajo cierta impaciencia por terminar, y ello contribuyó a que su obra quedara, hacia el final, como abocetada y en desarmonía con la fuerza vital de la primera parte.
            El prólogo predispone, la tetra del débil condiciona y comenzamos a leer esta novela sin mayores expectativas. Mundo en sombra intenta diferir en todo a su predecesora El abrazo de la tierra, el ambiente en el que se desarrollan las historias y los personajes ya no es el mundo rural y en esto vemos una necesidad de la autora por incursionar en el mundo de la pobreza del suburbio. Mari Yan, parece desoír las favorables críticas hechas a su anterior novela, que decían relación con el mundo campesino y con la lograda caracterización de los personajes secundarios e incidentales, quienes reproducían el fiel retrato del campesinado chileno. En esta obra es el mundo urbano, más sofisticado, más complejo, el que servirá de sustento para mostrar las indefiniciones y padecimientos de sus personajes. El protagonista es Gabriel, quien tiene las mismas crisis existenciales evidenciadas por Ana María en el Abrazo de la tierra. Es inseguro, sufre a causa de sus nervios femeninos, se enamora rápidamente y su amor se extingue con la misma facilidad con que aflora. Finalmente, Irene es su amor más significativo, opuesto en calidad espiritual y sin nada en común.
Mundo en sombra inicia con la descripción del suburbio en donde se desarrolla el primer tercio de la novela. El almacén La Suerte es el lugar en el que crecerá Gabriel,  apartado de todo lujo y afecto ya que su padre intenta salir adelante mediante la austeridad y la madre que parece más muerta que viva.
Su madre, doña Perpetua Gálvez de Román, raquítica, exangüe, con un rostro que tenía el color amarillento […] lacerada por la muerte del hijo mayor ahogado en un canal, lo había amamantado entre sollozos, sofocando hipos de angustia, ahuyentando morbosas visiones de aguas torrentosas y turbias que devoraban la carne de su carne. (p.11) 
Vigilaba a diestra y siniestra con su aire torvo de ave de rapiña. Todo en ella evocaba el hospital y el ataúd: su cuerpo menudo y miserable; su rostro de viejo pergamino en el que sólo vivían los ojos; sus palabras apagadas que parecían caer de los labios envueltas en una baba de agonía. Hasta su manera de moverse tenía algo de espectral: se deslizaba como una sombra sin hacer ruido. (15 p. 16)
Es interesante que en las primeras páginas se haga una descripción tan detallada y negativa de la madre que muere prematuramente (p.21) y desaparece hasta del recuerdo en la página 27. Esta parece ser la justificación para el desarrollo anómalo del carácter psicológico de Gabriel. La autora, culpa y responsabiliza a la madre de lo amargado y fracasado del hijo, claro, no es explícita esta sentencia, pero llama la atención que la madre desaparezca de la vida del muchacho dejando un recuerdo tan inocuo en él, que ni siquiera llora en su funeral, preguntándose si quizás en algún momento la quiso. Surge esta figura contradictoria, que no intervendrá más en la novela, que ya ha causado suficiente daño provocando estragos y complejos en la personalidad del protagonista. Este hecho, es la escusa por la cual Mari Yan pretende que juzguemos a Gabriel. La madre es el ángel de la muerte, esta mujer que ya no tiene sueños, que se ve enferma y parece muerta y que sucumbe ante una vida desgraciada repleta de negaciones, sometimiento y abnegación, que la enferman socialmente y que finalmente termina muriendo de una enfermedad física.
Con el paso de los años, el padre y su negocio cambian de sector, comenzando una sostenida prosperidad. A esas alturas del relato, Gabriel se ha transformado en un “hombre bien formado y atrayente” y su “educación más o menos cuidada, su infancia triste, sus nervios de mujer, han suavizado, aceitado la máquina ruda de su naturaleza de plebeyo” (p.35) También ha hecho amistad con Fernando Marticorena un “muchacho sin fortuna pero de abolengo ilustre” Admira de su amigo los dones que él no posee,” insolencia, confianza en sí mismo” (p.36)
Gabriel sufre por muchas cosas “tiene una exagerada tendencia al análisis, sobre todo a la autocrítica”, no logra vincularse socialmente con mujeres, siente el fracaso de su falta de personalidad y comprende que “nunca en ningún terreno sería cumbre, que no existía en él la fuerza creadora que abre caminos; entonces se resignaba a seguir pasivamente la huella gris que le señalaba su padre.” Hasta aquí, da la impresión que el personaje de Gabriel es una mujer encubierta, una de esas mujeres estereotipadas de la literatura masculinizante. En cierto modo se asemeja bastante a Ana María de El abrazo de la Tierra pues Gabriel es incapaz de revelarse completamente del sino amargo que su condición le tiene deparado, es como la mujer ángel que debe ser condescendiente, sin un “yo” definido, que mantiene la farsa de su vida para no importunar a quienes representan una estabilidad hasta cierto punto alienante. Por otro lado surge la dificultad de ser, al estar al abrigo de un padre que monopoliza los sueños, convirtiendo a su hijo en una prolongación ideológica social de sus propios proyectos. Es imposible, que éste logre siquiera actuar, principalmente debido a su condición subordinada. Esto es lo que a muchas mujeres les sucede en el ámbito de la literatura y que la misma María Flora sufre en carne propia con su padre.
Tampoco publiqué artículos mientras fui hija de periodista. Mi padre era mi verdadero maestro. Cualquier tema en sus labios cobraba interés, amplitud, vuelo […] le conté que había empezado una novela y que pensaba publicarla en cuanto estuviera concluida. Él se enderezó en la cama, alarmado.
 - “¡Cómo! ¿te vas a lanzar de repente al público con una novela? – exclamó- Nunca has publicado nada; empieza con un artículo o con un cuento.”  Eso explica que yo sólo haya publicado después de su muerte.
La novela continúa por el camino de las decepciones y el pesimismo, las ilusiones rápidamente son apagadas por la realidad que se empeña en hacer a Gabriel infeliz, claro que el personaje, no hace mayor esfuerzo para modificar su suerte. Es así que prefiere destruir su “yo” íntimo mediante el alcohol y la juerga, que finalmente es un escape ante las dificultades de insertarse social y afectivamente a una sociedad que le es muy aplastante.
Gabriel decidió sacudirse de encima el inútil bagaje del ensueño y hacer abortar en su alma todo impulso que respondiera a la emoción […] y…cada paso que daba en aquel camino, le parecía un triunfo obtenido sobre su “yo” íntimo y sobre la vida […] se hizo la ilusión que había amordazado para siempre su sensibilidad y que nacía en él un hombre nuevo: fuerte, frío, invulnerable. (63 p. 64)
Pero esta autodestrucción no puede durar para siempre y conoce a Berta. Se ve una luz de esperanza, pero será sólo una ilusión ya que bastarán dos años para que su matrimonio se transforme en una pesadilla. Es interesante notar cómo Mari Yan dibuja aquí -siguiendo la tradición patriarcal de los estereotipos- la transformación de Berta de una casada ideal para Gabriel, trabajadora, amante y sencilla, un ángel de la casa, en un monstruo sediento de atención, de dinero y de incomprensión, es una bruja entre sus cacerolas y sus vapores, no se preocupa de su aseo y ya no lo ama, sólo espera el bienestar económico. Veremos cómo Berta sufre esta transformación.
Mujer “ángel de la casa”
Fue entonces cuando conoció a Berta (…) era transparente como el agua de una fuente, sin oleajes sin misterio. Tenía pupilas de primera comulgante y una belleza de espiga de trigo ante el sol mañanero. Confesó que le gustaban los folletines de amor y que ella misma confeccionaba sus vestidos y sombreros. (p. 64)
Mujer “monstruo” bruja, demonio.
Detrás de sus grandes ojos de primera comulgante, se esconde una voluntad de acero. Testaruda, limitada y metódica, no ha sabido hacer de su cerebro sino un molde de afanes caseros. Pasa la vida entre la cacerola y la tabla de planchar, contando los terrones de azúcar y refunfuñando a media voz contra el gasto excesivo. (p.70)
… la encuentra olorosa a horno y a lavaza, ataviada con amplio delantal que la asemeja a una criada. En cuanto ve a su marido, trata de envolverlo en la red de sus mezquinos afanes, y si el espíritu de él se revela o se evade, ella tórnase acerba, ceñuda e inquisidora (p.70)

Cansado de esta situación, Gabriel pedirá al padre que lo envíe a París en viaje de negocios, para firmar nuevos contratos de importación y renovar proveedores para la tienda. El padre acepta y nuestro personaje tendrá tres meses para descansar de su mujer e iniciar un romance con una chilena viuda y millonaria, “de una belleza sin edad” que vive en la Ciudad Luz. Nuevamente nuestra autora nos mostrará la evolución de una mujer, pero esta vez lo hará en sentido inverso. Irene, la viuda millonaria, es descrita en un comienzo como un ser despreciable, una máscara de apariencias, para luego transformarse en una sensible enamorada que sufrirá por la ilusión, ella está dispuesta a negar su “yo” para agradar a Gabriel que la seduce inconscientemente y jamás se convence mostrando el temor que ya hemos mencionado.
Mujer “Monstruo”
No perdía conferencia, frecuentaba todos los conciertos, cultivaba a los artistas, pero en realidad su cultura consistía en hablar tres idiomas y en resbalar un ojo sobre cada libro europeo que venía  a la luz. Fachada sin cimientos, decoración sin fondo, era la torre de su erudición. A pesar de su apariencia altiva, obtenida por educación y por control, era una sensible, una super-sensible que jugaba a ser mujer fatal. Se sabía atrayente y jugaba a ser coqueta, con una coquetería fría que no tomaban parte ni su corazón ni sus sentidos. Se creía invulnerable y trataba a los hombres desde una gran altura, con ademanes de reina, pero el homenaje masculino le era  necesario para vivir. Su cualidad predominante era la sobriedad que a veces la revestía de cierta rigidez. Nunca se desmedía ni en sus palabras ni en sus actos. (p.91)
“Ángel de la casa”
Trató de evitarlo y no volvió a salir con él. Era un tácito consentimiento de su cuerpo junto a una rebelión exasperada de su alma. Su amor la arrastraba; su educación su orgullo, sus prejuicios la retenían. Evitaba a Gabriel, pero aún lejos de él, la envolvían sin cesar sus palabras, su presencia, su olor tan peculiar a agua de Colonia y a tabaco. Y veía junto a su rostro, la expresión un poco animal de aquel otro rostro saturado de deseos impuros. Pero repudiaba toda idea de acercamiento entre los dos y se mantenía en actitud altanera, casi hostil. (p. 100 Mundo en sombra)
La noche previa al retorno de Gabriel a Chile, Irene “En un impulso de pasión, intenso y devorante como una agonía, subió hasta el cuarto que él ocupaba en el hotel, golpeó a su puerta y cayó en sus brazos con el ansia desesperada de alcanzar la plenitud de su amor en aquella última noche que se extinguía sin mañana.” (p.101) Luego de esta escena amorosa (la única de las tres novelas en que el sexo está involucrado)  pasan dos años en que Irene sufre de incertidumbre por saber si Gabriel se ha enamorado de ella, sueña y recrea los momentos vividos, el miedo se apodera de su alma y surgen las imágenes apocalípticas.
Parecíale que el tiempo la devoraba, que mañana su cuerpo joven estaría manoseado por la vejez, sus labios inútiles ya para besar y sus ojos apagados por la helada indiferencia del no ser. “hoy me veo aún hermosa, mi cuerpo es duro, mi piel es suave; mañana…” Un estremecimiento de horror la agitaba: creía ver que el crepúsculo de la edad envolvía ya su carne de treinta años y que el amor sólo llegaba a ella como el aleteo de una nostalgia o de un recuerdo. (p.108)
Para terminar con todo este sufrimiento, luego de dos años decide viajar a Chile y enfrentar a Gabriel, sólo para sufrir la desilusión más grande de su vida al enterarse de labios de su amado que todo ha sido una ilusión de su parte, que es imposible que el amor esté presente entre ellos. Irene intenta resistirse, no aceptar la realidad, pero termina por convencerse de que Gabriel no le corresponde y que ha malgastado su tiempo y amor.
Me gusta cómo eres, afirmó ella, ansiosa de engañarse a sí misma. Sin embargo, empezaba a sentir una atroz decepción. Mil veces había vivido en imaginación el momento en que revelaría su amor; de antemano había escuchado las palabras de Gabriel y saboreado su halago, su emoción. Y en vez del ensueño que su mente forjara, un ser acartonado le contaba su fatiga de vivir. (p. 117)
El libro concluye de manera pesimista con una Irene retornando a París despechada y con Gabriel resignándose al oscuro camino sembrado por el padre, que dicho sea de paso hace un año que está muerto, pero a diferencia de lo que la muerte del padre significó para la autora, en Gabriel la falta de vitalidad y conformismo pueden más y no es capaz de torcerle la mano al destino.
“Había llegado a la oficina. No hay remedio, se dijo, para mi mal y sentándose frente a su mesa de trabajo empezó una carta […] Cuando terminó de escribir, salió a la calle y caminó sin rumbo.” (p. 137)
1.3 ESPEJO SIN IMAGEN
Esta es quizás la novela mejor lograda de las tres que analizamos en este artículo. Clarisa, joven preceptora, llega en compañía de su madre a vivir en el fundo Los Olmos. Aquí conocerá el amor y cree que podrá dejar atrás el pasado que le ha obligado a escapar de un matrimonio por conveniencia concertado por su propia madre con el fin de mantener la tradición de la mujer casada a cargo de las labores domésticas, sin pasar zozobras, pues el hombre es quien tiene la obligación del sustento.
Y pienso: Si asintiendo al deseo de ella, me hubiera casado con don Pancho Cautín, no me vería hoy obligada a trabajar. Mi existencia correría ociosa, en el ancho bostezo de ese bienestar material que ignora la punzante inquietud del mañana… Pero no ¡mil veces, no! Prefiero seguir siendo una humilde maestra. (p. 8)
En este párrafo vemos cómo Clarisa inicia en la novela mostrándonos su rebeldía en contra de lo que la madre la aconseja. Sin embargo de a poco irá sintiéndose encerrada por el entorno físico y social del fundo, aprisionada por el deber moral que su cargo reviste.
Los Olmos está encajado en un valle angosto, largo, sin holgura, que a veces se me antoja una prisión. Jamás un horizonte que ensanche la mente y deje ir el pensamiento en un ilimitado vuelo, como un pájaro errante. Siento la impresión de que esta cadena de montes es muro infranqueable que me aísla de la vida. Y al mirarlo nace en mí, irresistible una inmensa nostalgia vagabunda. (p.13)
Clarisa necesita una figura viril que la domine y subyugue esa rebeldía que trae, espera el amor y como los demás protagonistas de las novelas de María Flora Yáñez, el enamoramiento es fulminante. Pronto lo encontrará en Reinaldo Salazar, administrador del fundo, casado y dos hijas. De todas maneras, esto no será impedimento para que ella construya castillos en el aire y se enamore rápidamente de Reinaldo.
Y empecé a soñar, a divagar, a construir un castillo que llegaba hasta el cielo. (p.19)
Es que los sueños son mi verdadera vida. Sí. Me complace a veces verme gloriosa, yo que carezco de los más elementales dones para serlo; yo que, a más de tímida soy opaca e insignificante. (p. 21)
Instintivamente cojo la mano que él me tiende, y ese contacto fuerte y rudo me hace experimentar una sensación de refugio seguro.  Y… embrujo quizás de la hora, del cielo o de nuestra larga plática: ¡me parece pronto estar en adoración ente el dios Pan! (p. 31)
Luego, su papel de jefe, su energía, el cetro que lleva de animador de estos campos, le prestan un prestigio y una autoridad que subyugaron a la apasionada que hay en mí, ávida de prosternarse ante el hombre superior, fuerte y viril. (p.76)
Podemos ver como los arranques de rebeldía sucumben ante el amor o la perspectiva de este. Lo que ella siente por Reinaldo está cargado de un componente sexual, es la pasión lo que ella desea, cada roce es exacerbado, por las noches le cuesta conciliar el sueño y piensa todo el tiempo en él, lo idealiza, lo convierte en héroe, en víctima; en todo lo que su fecunda imaginación promueva, realmente Clarisa vive imaginando y esperando, al borde de la locura.
Mi cuerpo se estrecha a su cuerpo y cojo su brazo, aquel brazo viril y rígido que ya conozco, que me da su envolvente protección, pero que marca inexorable la distancia, tratando de impedir cualquier contacto epidérmico.  (p.41)
Y ahora es tarde para luchar contra esta marea de sentimientos que hierven dentro de mi alma. Soy la víctima de mi exaltación y sobre todo de mi soledad. Vivo en estado de angustia incesante. Durante las noches velo hasta tarde para saborear largamente el embrujo de su ventana, esa ventana inflamada, allí, frente a mi casa, que me mira como un ojo humano y tras la cual, él vive, piensa, sufre. (76 p.77)
Y en esta novela también acontecerá lo que en las anteriores, Clarisa transitará entre el delirio y la decepción, se ilusionará con la posibilidad de que Reinaldo se divorcie, pero sabe que eso es difícil. Sin embargo, de quien Reinaldo está realmente enamorado es de su trabajo, del campo que administra, eso es lo que le quita el sueño; lo demás, ayuda a sobrellevar la vida, pero nada más y Clarisa lo comprende, pero no se convence.
Sólo soy para él una mujer dulce y tranquila. No sospecha que otras mil mujeres viven dentro de mí ser. (p. 84)
Siento que empieza para mí el velorio de un pobre romance de tres meses. Y miro lúcidamente, mi porvenir sin esperanzas. Veo con pasmosa realidad, lo que seré dentro de algunos años: solterona arrugada y virtuosa que sólo tendrá como objetivo aliviar el dolor y la miseria de los otros. ¡Generosa misión! Pero, Señor, yo aspiraba a algo más. ¡Vivir mi vida propia con su parte de amor! (p. 101)
Estoy enferma de ansia, de proyectos. No pensar. No sentir. Cerrar los ojos y esperar… (p. 104)
El futuro se ve incierto y pesimista, las cosas no andan bien en el fundo, al levantamiento obrero que con dificultades logró controlar Reinaldo, se le suma un posible cambio en el cargo de administrador. Esto último, lo tiene intranquilo y  Clarisa intuye que nada bueno le espera.
Presionado por el cambio de administrador Reinaldo decide suicidarse con un tiro en los sesos. Hasta aquí llegan las ilusiones de Clarisa, siente su muerte igual o con mayor intensidad que la viuda, se ha roto la posibilidad de ser feliz y ella sabe claramente que este dolor será para siempre. Finalmente decide aceptar una vacante para trabajar en una ciudad cercana y se marcha dejando atrás sus ilusiones y llevándose el dolor.
Provistas de nuestras maletas, nos sumergimos en el seno hostil e indiferente de la urbe. No quiero rememorar más. Algo hay definitivamente roto en mis entrañas. Estoy dañada para siempre.
Esta novela termina como lo hacen las otras, con decepción, finales tristes pera historias de tristeza que muestran el mundo femenino acorralado y sin opciones reales de alcanzar la felicidad, temor a la soledad y resignadas a este miedo que ya no es algo completamente desconocido para lo que vienen siendo sus existencias.



2. CONCLUSIÓN
La obra de María Flora Yáñez está compuesta de 14 publicaciones; ocho de ellas son novelas, dos memorias, dos libros de cuentos y una antología. Su trayectoria literaria se prolonga por casi 50 años en los que actuó de manera comprometida con la literatura nacional. Todo esto la convierte en una escritora de fuste de las letras chilenas, sin embargo al comenzar este artículo mi conocimiento de ella era nulo y debo reconocer que llamó mi atención su parentesco con Pilo Yáñez o mejor conocido como Juan Emar. Al momento de comenzar a investigar me encontré con la abrumante falta de material sobre Mari Yan y al consultar e iniciar conversaciones con estudiosos de las letras nacionales, sus conocimientos no pasaban más allá de algún dato bibliográfico. Todo esto es extraño considerando su trayectoria, número de publicaciones y vinculación con el campo literario chileno, además en su palmarés figuran dos premios de relevancia a nivel nacional como son: el premio Atenea; 1947 por las memorias “visiones de infancia”, y el Premio Municipalidad de Santiago; 1954 por la novela “La Piedra”. La recepción crítica también le favoreció presentándola como un talento capaz de pasar a la posteridad por su calidad descriptiva.
L.D
La señora Yáñez es un poeta que sabe sugerir por medio de ese secreto mágico que guarda el idioma cuando se sabe manejar, toda esa recóndita gama que abriga la sensibilidad  de una mujer enamorada y soñadora.
F. El Mercurio 27 de septiembre de 1936
Mari Yan tiene ganado un lugar en las letras chilenas. Mujer nacida con todos los dones para entregarse a una vida fácil y agradable, levanta su rebeldía de escritora en un hermoso gesto desdeñando el comentario pueril que se encona siempre con la mujer que se singulariza. Y ya ha realizado una obra que puede permitirle una postura más holgada, valiente y vigorosa en nuevo libro que sin duda se impondrá por los méritos que de sobra adornan a la escritora.
Entonces ¿qué pasó con María Flora Yáñez?, ¿Por qué hoy no es leída, ni conocida?, da la impresión que su salida del canon puede deberse a su condición de mujer, pero no sucedió lo mismo con Marta Brunet y María Luisa Bombal, contemporáneas y con quien se le asocia en el estudio de María Jesús Orozco Vera, de la Universidad de Sevilla, titulado “Literatura y Subversión: Proyección de la fantasía en la obra de Marta Brunet, María Flora Yáñez y María Luisa Bombal” Cabe señalar que Brunet y Bombal son leídas actualmente, se realizan reimpresiones de sus obras, como las obras completas de Bombal en la Editorial Zig-Zag. Además son sugeridas como lecturas en la educación formal Chilena. Estas interrogantes quizás sean objeto de nuevos estudios, tal vez hieran la curiosidad de alguien y pueda rescatarse esta figura de las letras femeninas nacionales.
Volviendo a nuestro tema, en las tres novelas de María Flora Yáñez, como quedó demostrado en el análisis de cada una de ellas, los personajes femeninos tienen una importante similitud en cuanto a sus motivaciones, sueños y decepciones; que principalmente son de carácter amoroso. Ellas recrean un mundo imaginario en torno a la figura de los hombres que aman y esto a pesar de las dudas sobre el carácter psicológico que mueve a estos hombres trágicos, anodinos e insufribles, como lo que menciona Gabriel en Mundo en sombras.
“Vivía tranquilo, sin amor, sin dolor. “Es lo que deseo, se decía siempre, sólo el placer, el placer que mientras más se conoce, más huele a cadáver”” (p.113)
Sin embargo, sus protagonistas continúan adelante con sus afanes, en contra de las evidencias, de los comentarios, consejos y decepciones que sufre en el tránsito de sus “relaciones” y las escribo entre comillas porque ninguna de ellas es una relación en su sentido completo. La concreción del idilio amoroso, apenas se logra, un roce es magnificado, tomarse de la mano es sinónimo de amor y un beso es lo máximo en cuanto a sensualidad se refiere, sus protagonistas sufren de un deseo reprimido por sus propias inseguridades que a la larga serán un impedimento para siquiera asomarse a la posibilidad de amar, ya que esta sensación inestable e insufrible parece convertirse en atmósfera brumosa en que sus personalidades navegan sin mayores problemas que el de constantemente transitar de un estado a otro, sin esperanzas, con resignación.
Esta montaña rusa de emociones en que se pasa del amor y la felicidad cayendo a la decepción pesimista de un futuro imposible marcado a fuego por el desengaño que se tiende a generalizar vislumbrando vidas sin futuro, aún siendo sus personajes muy jóvenes, Ana María de 20 años, Clarisa de 28, Irene de no más de 30 y por qué no Gabriel también de menos de 30 años. ¿Qué pasa a estos personajes, cómo se resignan tan rápido y no continúan dando batalla por ser felices?, Tal vez se deba a lo central de nuestro argumento, quizás son estos complejos y ansiedades propios de las autoras de esta época, los que incidan tan fuertemente en la conformación de personalidades grises que finalmente no esperan nada de la vida y se conforman con destinos trazados por la tradición, la sociedad o la falta de ánimo. Son los nervios propios de los personajes femeninos, de los estereotipos construidos durante siglos en la literatura occidental y patriarcal. Mari Yan no puede escapar de su época, menos sus personajes y sus sombríos mundos, al miedo a ser felices y a vivir.

 BIBLIOGRAFÍA
Bourdieu, Pierre. 1995. Las reglas del arte: génesis y estructura del campo literario..El punto de vista del autor, algunas propiedades generales de los campos de producción cultural.  319 p. 320. Barcelona: Anagrama
Gilbert, Sandra y Gubar, Susan. 1998. La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria del siglo XIX (1978). Cátedra.
Esterlich, Juan. Panorama de la Novela Chilena, Cap. XIII. María Flora Yáñez y sus novelas de la vida espiritual. 1955
Ludmer, Josefina. “Tretas del débil”. La sartén por el mango. González, Patricia Elena y Eliana Ortega (comp.). Puerto Rico: Ediciones El Huracán. 47-54, 1984.





[1] Gilbert, Sandra y Gubar, Susan. 1998. La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria del siglo XIX (1978). Cátedra.

[2] Bourdieu, Pierre. El punto de vista del autor, algunas propiedades generales de los campos de producción cultural.  319 p. 320
[3] Esterlich, Juan. Panorama de La Novela Chilena, Cap. XIII. María Flora Yáñez y sus novelas de la vida espiritual. 1955
[4] Gilbert, Sandra y Gubar, Susan. 1998. La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria del siglo XIX (1978). Cátedra.
[5] Ludmer, Josefina. “Tretas del débil”. La sartén por el mango. González, Patricia Elena y Eliana Ortega (comp.). Puerto Rico: Ediciones El Huracán. 47-54, 1984.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Juan Emar - Miltín 1934: Una novela antinarrativa Por Pablo Brodsky



Juan Emar - Miltín 1934: Una novela antinarrativa

Por Pablo Brodsky Director de la Fundación Juan Emar

Juan Emar inició la escritura de Miltín 1934 en el mes de enero de ese año, y la terminó en diciembre. En junio del año siguiente publicó el libro, conjuntamente con Ayer y Un año. En 1937, 2 años después, publicó Diez, su libro de cuentos. Pero de toda su obra publicada en vida, Miltín 1934 es la más desconocida y la que menos reediciones ha tenido. De hecho, la de Mago Editores que esta tarde presentamos corresponde a la tercera reedición del libro, después de la de Dolmen, de 1997.

Recibido como “uno de los (libros) más desconcertantes de nuestra literatura”; como “fuera de lo clásico, de lo usual, de lo normal, hasta de lo equilibrado”; como original, novedoso y único ya que “no creo que el lector chileno haya leído, ni entre lo nacional ni entre lo extranjero, nada parecido”, según Eduardo Barrios, Miltín 1934 es el texto más radical de los escritos por Juan Emar y una “especie de laboratorio experimental” para el trabajo escritural que posteriormente desarrollará en Umbral, de acuerdo a Pedro Lastra.

Parece que sobran los motivos para mantener a Miltín 1934 en una suerte de marginalidad, para ser una obra outsider, ubicada más allá de los límites de la literatura que estamos acostumbrados a leer. ¿Cuáles son estos motivos? ¡Vamos a ellos!, como diría el narrador-autor del libro.

Al iniciarse el libro, surge el primer deseo del narrador: referirse a lo que le ocurre a muchas personas, a saber: “El deseo de colgar en la pared una ambición de la vida”. Se trata de los cuadros que, tanto el doctor Hualañé como Estalisnao Buin y Rafito, gustan de colgar en las paredes de sus casas u oficinas. El narrador nos refiere que el doctor mantiene en su gabinete la pintura Le chäteau de chillon et la Dent du Midi. Se trata de un cuadro que forma parte de la galería de la pintura europea, referente de la cultura universal, pintada por Gustave Courbet, donde aparece el castillo de Chillon a orillas del lago de Ginebra, con los imponentes Dents du Midi, en los Alpes, como telón de fondo. Es el mismo castillo del poema de Byron Le prisonnier de Chillon: “Las aguas del lago Leman bañan los muros del Castillo de Chillon. Desde lo alto de las blancas almenas, la sonda se hunde a mil pies en las profundas ondas que rodean sus torres”.

Por su parte, Estalisnao Buin tiene colgados en sus paredes 3 cuadros: 2 de ellos representan la violencia de las fuerzas de la naturaleza. Uno en la cordillera, el otro en el mar. En ambos, el hombre aparece como un ser insignificante, “del tamaño de un mosco”, ante “los elementos desencadenados”, luchando “denodadamente” por salvarse. En el tercer cuadro, todo es calmo en una verde campiña, llena de florecillas blancas, excepto “un potro fogoso que deja su crin enmarañarse…”. Ya no se trata de la referencia culturosa relacionada con el médico, profesión liberal de la burguesía, sino de escenas de la heroicidad del hombre en su lucha contra las adversidades de la vida, de un corredor de la Bolsa de comercio de la década del 30 del siglo pasado.

Terminadas estas descripciones, el narrador nos habla de su nuevo deseo: la de escribir el Cuento de Medianoche, por lo que deja de lado la ambición colgada en la pared de Rafito, el tercer personaje involucrado. Después de varias elucubraciones y percepciones que el narrador nos da a conocer, finalmente inicia el Cuento de Medianoche, intentándolo en 7 oportunidades, sin éxito. Decide que es mejor “seguir con otra cosa. Por ejemplo con Una noche de locuras o La tournée des Grands Ducs, haciendo referencia a los paseos de la nobleza rusa del siglo XIX por las calles de París en la búsqueda de cabarets donde el champán fluía libremente. En efecto, esta nueva trama relata el paseo de 3 amigos que deciden salir en la noche. Primero pasan por el Zurich, un local donde no se sienten a gusto porque huele a “orina de las virgencitas que son festejadas por sus amigas con motivo de la próxima pérdida de la virginidad”, es decir, allí no hay alcohol sino “café con leche” y “bombones de anís”. Deciden ir al Arno, un cabaret donde se bebe, se baila y se pierden los sentidos. El narrador se enfrasca en una conversación con otros comensales del lugar, donde se produce una comparación entre un conocedor de los más importantes lupanares de las grandes ciudades (nuestro narrador) y quienes asisten como voyeristas, entre escandalizados y fascinados por lo que en ellos ocurre (los comensales). Poco a poco los clientes se retiran del local, quedando solo los 3 amigos, quienes pagan su cuenta y se retiran, junto al garzón que cierra la puerta tras de sí. Por cierto, no se puede afirmar que se trata, precisamente, de un relato de las aventuras que viven 3 amigos en una “noche de locuras”.

Después el narrador decide retomar el Cuento de Medianoche, una nueva versión después de los 7 fracasos anteriores. Esta vez la narración avanza teniendo a Teodoro Yumbel como protagonista, quien duda entre optar por una vida de anacoreta o una vida destinada a ser compartida con sus semejantes. Después de que Teodoro Yumbel vive algunas experiencias entre místicas y sobrenaturales, se escuchan 7 campanadas, anunciando las 19 horas. Ello obliga al narrador a buscar otros quehaceres, ya que no puede terminar el Cuento de Medianoche mientras no llegue, precisamente, la medianoche.

Es así como decide matar el tiempo haciendo cosas diversas, como subir al tejado para echar una ojeada y ponerse a leer. Encuentra un volumen de Maupassant, el que le recuerda a Rafito, ese tercer personaje relacionado con aquella ambición colgada en los muros. Rafito tenía en sus paredes un cuadro “de fines del siglo XIX. Un sofá con gasas o tules (…) bordados. Sobre ellos, sentada, mirándose a un espejo que uno ve por detrás, una dama (…). Está en paños menores. Por encima del corsé de le ven los senos. Echa la pierna arriba: medias negras de seda, ligas rojas muy anchas, zapatillas plateadas con un pompón id. Por entre los muslos, se le adivina el sexo”. Rafito es campesino, “zocarrón; buenísimo; grande y fornido”. Su descripción comulga con su ambición colgada en la pared.

Luego el narrador encuentra otro libro: Panorama de la literatura chilena durante el siglo XX, de Alone. A partir de este momento, Emar escribirá las páginas más ácidas respecto de la crítica literaria y sus cultores. Inicia su diatriba señalando que los críticos literarios sufren de un mal: “el miedo negro de equivocarse”. Y para no equivocarse, sencillamente enumeran, “pinceleándoles pequeñitas cualidades y pequeños defectos”, sin entregar una opinión “franca, categórica” sobre la obra que critican. A esto le llama escribir “un articulito con puertecitas de escape para todos lados”. A esta ausencia de compromiso, se suma que el código que utilizan es “una serie de lugares comunes literario-sentimentales que cada crítico, variándolos un poquito, alza cual formidable sistema”. Ante estos 2 problemas, propone un método que consiste en 3 pasos:

  1. Que los críticos guarden bajo llave sus plumas, lapiceras, papeles, máquinas de escribir y todo aquello que utilizan para opinar o que los tiente a ello.
  2. Que, después de un tiempo, todos vuelvan a leer cuanto se haya publicado y mediten sobre lo leído.
  3. Que cada uno escriba, “única y exclusivamente (…) sobre aquellas obras que le hayan entusiasmado, locamente entusiasmado, o bien le hayan horripilado hasta las náuseas. Y silencio total sobre todo lo demás”.

Mientras escribe sus opiniones sobre la crítica literaria nacional, el tiempo sigue avanzando, y ya se acerca la medianoche. Es hora de que el Cuento de Medianoche vuelva a escena. Pero ocurre que el narrador se acuerda de Titina, una antigua novia que, justamente cuando dan las 12 de la noche, aparece con fuerza en su recuerdo. Por eso no le queda más que reproducir unos párrafos que escribió hace algunos años, teniéndola como nueva protagonista de la narración.

Nuevos personajes, nuevas historias y nuevas elucubraciones surgen a medida que avanza el texto, plagado de recuerdos de un narrador que, en algún momento del relato, decide no trabajar, es decir, escribir lo que se había propuesto escribir: “El Cuento de Medianoche lo veo hundido en el fondo del armario. Y pensar que no sólo tal cuento pensaba escribir sino también un drama medieval…”, nos dice en la página 74.

No es necesario seguir desmenuzando el texto de Emar, de 243 páginas de “locuras” como las descritas, para darse cuenta de que estamos frente a un experimento escritural de proporciones.

Al publicarse, no fue indiferencia lo que sintió la crítica al leer la obra sino, por el contrario, vio en ella un cuestionamiento inaceptable de sus propios preceptos, una puesta en duda irrenunciable de los valores éticos y estéticos que por siempre había defendido y, para colmo, sus miembros eran señalados con nombre y apellido, tildados de ignorantes, aburridos y pretenciosos.

En un artículo anónimo, aparecido un mes después de la publicación, su autor señala que en Miltín 1934 “Alone, Alberto Mackenna Subercauseaux, Richon-Brunet y otros de menor cuantía, reciben su buen tirón de orejas de este Juan Emar que desparrama una tremenda lógica trituradora”. Y, más adelante, continúa: “Juan Emar es un sátiro despiadado que pone en ridículo el arte burgués, al filisteo que dominicalmente pontifica desde los rotativos santiaguinos y a sus cómodas teorías estéticas”. Solo César Miró, autor peruano, vio en la obra “la negación de la novela como género consagrado dentro de lineamientos establecidos, de acuerdo a fórmulas y procedimientos reconocidos y aceptados”.

Miltín 1934 es la imposibilidad de ser el Cuento de Medianoche, imposibilidad que es opción puesto que su autor no desea narrar y, por tanto, liberar la escritura “para que el panzudo del día siguiente coma cochinillo satisfecho, sin remordimientos de haber sido hecho a la imagen de Dios”, según las palabras del narrador-autor.

Con la misma lucidez con que desnudó “el deseo endémico de realidad” de la crítica oficialista y del público burgués, en sus artículos de La Nación, Emar se negó a convertir sus textos en defensores de la realidad para que el lector se sintiera reconocido en ellos: “Comprende, pues, -continúa el narrador- qué horror les ha de producir a consumidores y proveedores, ver de pronto un ser que, no contentándose con seguir sobando y embalsamando cadáveres, se lanza justamente a resucitar esos cadáveres gritando que ahora no hay que abandonar; un ser que hace de todos esos elementos adormecedores –pinceles, cinceles, paletas y demás- elementos para tentar nuevamente la espantosa experiencia de la vida”.

En Miltín 1934, los límites entre ficción y realidad se rebasan permanentemente, cuestionando la producción de un texto narrativo y ficcional al incorporar relatos inacabados, reflexiones, recuerdos, transcripciones de cuadernos antiguos, experiencias y especulaciones personales. El efecto final del texto es su imposibilidad de narrar una historia novelada, adscrita a la descripción de anécdotas y a la temporalidad lineal, sea esta el Cuento de Medianoche o cualquier otra trama que se haya propuesto.

Hoy, a 76 años de la primera edición de esta obra, podemos considerarla fundacional y promotora de la narrativa escrita a partir de los últimos lustros del siglo veinte. Esta nueva publicación de Miltín 1934, editada con los dibujos originales de la primera edición de 1935, nos permite conocer la osadía y el atrevimiento de uno de los autores más difíciles de clasificar y, sin duda, el más problematizador de nuestra literatura.

lunes, 22 de agosto de 2011

martes, 26 de abril de 2011

Juan Emar: La escritura como patria. Entresijos de una poética dialógica



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Juan Emar: La escritura como patria. Entresijos de una poética dialógica

Selena Millares Universidad Autónoma de Madrid selena.millares@uam.es Revista Taller de Letras, Nº 46, 2010

La escritura de Juan Emar está configurada como espacio intertextual donde el autor chileno dialoga con la poética de otros autores, y también con la voz del lector. Ya Neruda lo asoció con Kafka como artífice del absurdo en conocidas declaraciones, pero también puede rastrearse en sus prosas visionarias la herencia de Blake, Rimbaud y sobre todo de Lautréamont, presente en su recurrencia a la mutilación, el feísmo, el sadismo o la necrofilia, si bien desde parámetros menos violentos y con una poderosa presencia del humor, que comparte con otros visionarios de la vanguardia hispanoamericana, como Macedonio Fernández o Felisberto Hernández. Palabras clave: intertextualidad, Juan Emar, Lautréamont, prosas de vanguardia.

…Ahora que los corrillos se gargarizan con Kafka aquí tenéis nuestro Kafka, dirigente de subterráneos, interesado en el laberinto, continuador de un túnel inagotable cavado en su propia existencia no por sencilla menos. (Neruda 10)

1. La red textual, un dédalo de fantasmagorías

Ya voces tan diversas y distantes como las de Mallarmé y Whitman, o las de Borges y Eliot –todos ellos patriarcas incuestionables de las letras contemporáneas– han insistido en derrumbar el fetiche romántico del individualismo y la originalidad, para recordar una realidad que, con acierto, han analizado Bakhtin, Kristeva y Bloom –entre otros–, en un debate fértil y vigente: todo texto es tejido de voces innumerables, y se define como polifonía, heteroglosia y alteridad. Más allá de fronteras y fechas, de nombres o escuelas, cada texto se construye como un laberinto, una trama de callejuelas por donde deambulan, sin orden ni aviso necesarios, rumores de distintos ámbitos, de épocas pasadas y venideras, fantasmagorías que interpretan un juego fecundo de apariciones y desapariciones, que se reconocen, dialogan o colisionan en sus intersecciones. El lector que transita ese dédalo lo construye y destruye a cada paso: siempre el mismo y diverso, es trampa de palabras que circulan eternamente, componiendo distintos caminos, proyectándose en nuevos juegos, en nuevas miradas. Estas consideraciones se hacen particularmente relevantes a la hora de abordar la producción emariana, por dos motivos: de un lado, su espíritu lúdico hace del dialogismo una de sus estrategias más comunes, que se proyecta en constantes guiños al lector; de otra parte, la imbricación de su escritura con la de otros autores ha de coadyuvar para su ubicación en la historia de las letras, y su definitiva inserción entre los nombres mayores de la literatura de su tiempo. Cuando, en el conocido prólogo citado en el epígrafe, Pablo Neruda avalaba la producción de Emar, insistía en el desarraigo, vital y textual, de este autor que la incomprensión de su tiempo relegó al silencio y condenó a un imposible olvido, y proponía “descubrir a nuestro aparente apátrida y otorgarle lo que no tuvo: la nacionalidad del amor” (Neruda 9). Dos décadas después, insiste aún en la misma idea Canseco-Jerez, al afirmar que “la escritura de Emar posee una dimensión metafísica y una propuesta de des-articulación y de re-construcción de la estructura narrativa que escapa a toda tradición nacional, y por ende al ‘horizonte de espera’ de lectores y críticos. De allí, entonces, que nuestro autor sea visto como un anacrónico y un extraño sin pasado ni herencia” (1992 24). Ciertamente, la marginalidad y originalidad emariana, unidas a la incomprensión del receptor de su tiempo, han jugado en contra de la difusión de su obra. De ahí que pueda tener sentido considerar en estas líneas las genealogías de su palabra creadora, que lo vinculan con la irreverencia de los poetas malditos del simbolismo francés y también con sus inmediatos compañeros de viaje, que a pesar de la innegable distancia –geográfica y vital–, bebieron del mismo aire de época y participaron de análogas indagaciones y descubrimientos.

2. La estirpe de los malditos: con Lautréamont en el laberinto Las raíces de la poética emariana hallan buena parte de su savia nutricia en lo que Octavio Paz ha llamado “el otro romanticismo europeo” (Los hijos del limo 101), encarnado especialmente en la poesía francesa de fines del XIX, y en el magisterio que William Blake ejerce sobre ella, particularmente en su reivindicación de la belleza del mal. Se trata de la estirpe de los malditos, que desde la provocación y la ironía afrontan el maleficio que asola al hombre desde la grave crisis espiritual determinada por la “muerte de Dios”. La ironía, la fealdad, la irreverencia y el horror son algunas de las armas que esgrime el nuevo poeta, para conjurar la angustia que puebla su laberinto de soledad y que lo convierte, en términos del poeta mexicano, en “un Ícaro, un Satanás y un payaso” (Id. 74). La irreverencia religiosa y el escarnio de la moral vigente hacen que el poeta se declare del partido del Demonio (Blake 173), y en esa vindicación de satanismo y erotismo se sitúan algunos de los grandes referentes emarianos, como Baudelaire, para quien “la suprema voluptuosidad del amor reside en la certeza de hacer el mal” (Mi corazón al desnudo 14). La saga se extiende hasta la vanguardia, y en 1930 clama aún Breton: “Que el diablo ampare […] la ideología surrealista” (Manifiestos del surrealismo 177). Los “Proverbios del infierno” del poeta británico son una de las piedras de toque de estas actitudes; sus postulados no podían dejar indiferentes a sus sucesores: “Quien desea y no actúa engendra plaga […] Las prisiones se construyen con piedras de Ley; los lupanares con ladrillos de Religión […] La desnudez de la mujer es obra de Dios […] Los tigres de la ira son más razonables que los caballos de la instrucción. Del agua estancada espera veneno […] Mejor matar a un niño en su cuna que alimentar deseos que no se llevan a la práctica” (Poesía completa 175-179). La imaginación desatada convoca, desde esa invitación a la transgresión y el sacrilegio, actitudes que exploran lo plutónico, lo desconocido y lo prohibido. Una de las más inquietantes es la de la crueldad, interpretada como un modo radical de rebelión, y que halla en el francouruguayo Isidore Ducasse a su figura más representativa; de su posterior proyección hablarán, mucho después, los postulados de Antonin Artaud, quien explica esa recurrencia en los siguientes términos: “Una acción violenta y concentrada es una especie de lirismo: excita imágenes sobrenaturales, una corriente sanguínea de imágenes, un chorro sangriento de imágenes en la cabeza del poeta, y en la cabeza del espectador” (El teatro y su doble 91). Los célebres Cantos de Maldoror fueron calificados por Rubén Darío como “el aullido de un ser sublime martirizado por Satanás” (Los raros 195), y Neruda justifica a su autor porque “fabricó lobos para defender la luz, acumuló agonía para salvar la vida” (Obras completas 955). La mutilación, el feísmo, el sadismo o la necrofilia serán algunos de los motivos que articulen una obra con la que tantos guiños establecerá Emar en sus textos, si bien desde parámetros menos violentos.

La consagración del mal en Lautréamont recurre al horror y a lo grotesco incesantemente, en planteamientos que a ningún lector pueden dejar indiferente; sus asertos son tajantes: “yo hago servir mi genio para representar las delicias de la crueldad” (15). El vampirismo y las alimañas del mal adquieren un protagonismo que se explica como objetivación de la repugnancia y la barbarie: un ángel metamorfoseado en cangrejo intenta salvar al protagonista –ángel caído– el cual lo destroza; en una tumba un gusano le presenta a una prostituta; los piojos representan una nueva deidad: “cuando se trata del piojo, al conjuro de ese nombre sagrado, todos los pueblos sin excepción inclinan las cadenas de su esclavitud, arrodillándose juntos en el atrio augusto ante el pedestal del ídolo informe y sanguinario” (79). Un bestiario maligno se confabula para representar la náusea: “Soy sucio. Los piojos me roen. Los cerdos vomitan al mirarme. Las costras y las escaras de la lepra han convertido en escamosa mi piel cubierta de pus amarillento” (157). La irrupción de lo fantástico establece igualmente un paradigma para las propuestas de Emar, así como las visiones de cielo e infierno, si bien en el chileno se apartan de los extremos de su antecedente. Maldoror afirma que ha visto al Creador “acuciando su crueldad inútil, provocar incendios en los que perecían ancianos y niños” (59), y lo presenta como un nuevo Saturno que devora a sus criaturas: “levanté mis párpados azorados más arriba, aún más arriba, hasta que percibí un trono formado de excrementos humanos y de oro, desde el cual ejercía el poder con orgullo idiota, el cuerpo envuelto en un sudario hecho con sábanas sin lavar de hospital, aquel que se denominaba a sí mismo el Creador” (75).

La devoción emariana por la rebeldía y la insolencia provocadora de Ducasse se ha de proyectar en numerosos homenajes, y en ese diario heterodoxo constituido por Un año le dedica uno de sus doce apartados, correspondiente al 1 de mayo, donde narra cómo al entrar en su biblioteca se reencuentra con los Cantos de Maldoror, y también con “esos bichitos bibliófilos” que, sigilosa y siniestramente, “se estaban nutriendo con todas las palabras que mil autores habían enmudecido y plasmado en mi estantería para que yo, cada vez que el Demonio me lo incitara, las sacara de su mutismo y las hiciera rehablar a mis oídos” (Emar, Un año 34) (1). De la irreverencia religiosa y el anticlericalismo de Emar dan buena cuenta los pasajes que abren su Ayer, corrosivos hacia las instituciones eclesiásticas, con una parábola de los sinsentidos de una moral caduca pero poderosa, cuyas reminiscencias inquisitoriales son escarnecidas, a partir de estrategias carnavalescas que buscan desenmascarar y delatar. El protagonista, Rudecindo Malleco, es condenado a causa de sus pensamientos “pecaminosos” a que se le seccione la zona de su delito: el cerebro. El narrador testigo esperpentiza las figuras de unos frailes que encarnan un modo de barbarie; humor negro y absurdo se entrelazan en un final inesperado, donde se representa al individuo alienado, robadas sus libertades, bestializado en un matadero, como un insecto privado de pronto de sus alas por los caprichos de cualquier mente perversa. Mucho más intensa es la presencia del sustrato ducassiano en Miltín, donde se continúa la irreverencia hacia los poderes eclesiásticos (“los curas tienen la desgracia de engendrar hipocresía en nombre del bien”, 86), y también los bestiarios de la repulsión y los emblemas escatológicos: el menú de Illaquipel se compone de “sopa de lagartijas, pechugas de cucarachas trufadas, flan de escupos” (96), y en su viaje estelar, delirante y visionario, en la avioneta de Angol, el protagonista ve a los hombres “viviendo como piojos inconscientes, piojos en un día lejano conscientes acaso como aves del cielo, mas que de tanto roer y rasguñar, rasguñar y roer los pies de las montañas, olvidaron, identificados con su labor de garrapatas, la cara de allá arriba, su mirada” (159). Se constata así que la animalia emariana interpreta, como la de Ducasse, caricaturas grotescas, que se continúan en los pasajes sobre el supuesto origen del hombre, bajo especie de mosquitos (bastante miopes). El humorismo absurdo, chispeante e iconoclasta desemboca en las visiones delirantes de Dios, aquejado de jaquecas y con una pesadilla recurrente: “sueña que una cucarachita se le sube a la cabeza y una vez arriba canta God save the King” (194), en tanto continúa el elogio del satanismo, desde un tono más atemperado, que tiende a sustituir el humor negro por otro más travieso (aunque no faltarán las muestras más sombrías):

Bien. Tanta bondad, ¿no es lo más aburrido que existe en el mundo? ¿No creen ustedes, señores, que únicamente con la colaboración del Dios bondadoso la vida sería un bostezo de nunca terminar? André Gide, en su libro Dostoiewsky, dice: “No hay obra de arte sin colaboración del demonio”. ¿No se podría amplificar esto hasta decir que no hay obra humana positiva sin colaboración del demonio? Y agrega Gide, en el mismo libro: “Es con los buenos sentimientos que se hace la mala literatura” (Miltín 138).

También renuncia Emar al halago de las formas bellas en Diez, donde retornan los bestiarios fantásticos y el horror grotesco y descarnado, para exorcizar las fuerzas oscuras que atenazan a la condición humana, que la sumergen en un laberinto asfixiante. En “El pájaro verde”, el título parece evocar los cuentos de hadas tradicionales, y no puede dejar de recordar al homónimo de Juan Valera, historia de amores orientales, magia, metamorfosis y anagnórisis. Allí el pájaro verde que ataca a la princesa una y otra vez para robarle objetos (fetiches) acabará desvelando su esperable condición de príncipe encantado; Emar, por su parte, altera las expectativas del lector con su habitual vuelta de tuerca, y ese pájaro embalsamado y aparentemente inofensivo habrá de resucitar de pronto para atacar a un personaje y llevarlo a la muerte, en un minucioso y cruento proceso de mutilación, de nuevo con ecos ducassianos. Estos, además, se entrelazan a menudo con los de las flores del mal de Baudelaire: en “Maldito gato”, el sujeto neurótico, obsesionado por racionalizar una realidad enemiga, se dedica a analizar los aromas del campo, y entre esos perfumes hallará el olor diabólico del quilehue, de “cierta semejanza con el sabor de la eyaculación sexual” (Diez 33). Las injurias a la belleza y el satanismo de Rimbaud –también del partido del infierno–, (2) así como su invocación de la videncia y de la disolución del Yo (3), lo sitúan entre los demiurgos tutelares de Emar, y como una fantasmagoría vuelven al laberinto textual emariano todas esas actitudes reformuladas. En El unicornio, el protagonista viaja a África en una nueva estación en el infierno que incluye la visión del mítico Caleuche, “tripulado por tres brujos muertos de pie” (86). A su regreso, un accidente lo lleva a la tumba, y su yo se bifurca (“ante mi cuerpo muerto y sanguinolento, retrocedí con paso cauteloso”, 89). El cadáver de Camila pasa a ser el objeto de sus fantasías necrófilas, hasta que, importunado por visitantes del cementerio, decide retirarse a su fosa, bajo las cucarachas y las hormigas. En el terreno de lo morboso, iconoclasta, perverso y visionario se sitúa igualmente la sección “Tres mujeres”, una vez más en los parámetros de lo fantástico. “Papusa” nos habla de un ópalo (“rodando, ha venido desde Belcebú hasta mí”, 109) que convoca visiones trascendentes –casi una profecía del Aleph borgeano– y presenta la historia de una mujer prisionera en la corte del Zar Palemón. Un espectro explica la clave de las visiones: “Los humanos vinieron sin sexo. Luego los sexos cayeron en ellos, se incrustaron, e incrustados vivieron su propia vida nutriéndose de la sangre y las ideas de los humanos. Así hasta hoy; así, ya, siempre. Simbiosis casi eterna que el hombre se niega a reconocer” (105). En ese dualismo siniestro se instala también la historia de Chuchezuma, donde el “lobo-garú” se asimila a Satán y al vampirismo, y la protagonista se duplica de manera siniestra, proyectada en un lienzo. “Pibesa”, por su parte, reincide en esa disgregación de la personalidad en fantasmagorías inquietantes: “Pibesa, bifurcándose, se desdobló en dos. [...] Entonces la poseí. Al sentirlo, volteó hacia atrás la cabeza y nos besamos, mientras la otra, lenta, muy lenta, bajaba siempre, tarareando ella ahora la canción que ésta había dejado en suspenso a causa del primer dolor y del goce que empezaba a inundarla” (132).

3. Prosas de vanguardia: la red arácnida

Como una sutil tela de araña, la red textual de la vanguardia se teje en torno a ese eje de gravitación que supone la revolución poética finisecular, sobre la que va trazando sus círculos más o menos concéntricos. Es bien sabido que Juan Emar participó de la efervescencia artística del París de los años veinte, estrechamente ligado además a otro chileno universal, Vicente Huidobro(4). Sin embargo, su fortuna fue otra: la publicación de sus libros, en los años treinta, fue recibida mayoritariamente con silencio, desdén o rechazo, ya por sus críticas irreverentes a las instituciones más consagradas, ya por el extrañamiento de sus estrategias estéticas, comunes en el plano poético de su tiempo, pero no en el narrativo, donde imperaban aún las servidumbres del realismo criollista. En cualquiera de los casos, no muy distinta fue la suerte de otros prosistas de la renovación, que compartieron ese aire de época, y con los que ya en alguna ocasión se ha vinculado la singularidad de Emar, en especial Felisberto Hernández y Macedonio Fernández: tres autores cuya modernidad y vigencia justifica la atención que han merecido en las últimas décadas, cuando la perspectiva del tiempo los sitúa como voces imprescindibles en la historia de las letras hispanoamericanas.

Por otra parte, no dejan de ser curiosas las confluencias existentes entre ellos, a pesar de que sus itinerarios vitales y creadores fluyeron por derroteros tan marginales como distantes. En los tres casos encontramos una fértil indagación en las posibilidades metaliterarias del texto desde la heterodoxia y la disidencia, el juego y la mise en abîme, la desautomatización y el derrumbre del pacto mimético. Ya Roberto Merino, en las palabras liminares a Un año, comenta: “Borges ha dicho de Macedonio Fernández que escribía más que nada para pensar, por eso no tenía un interés muy notorio por las publicaciones de sus textos […] Sobre Juan Emar –que en el espíritu y en la letra se asemeja a Macedonio– se podría hacer una consideración parecida […] se plantea ante sus lectores como el contemplador de un proceso harto obsesivo: el de la misma escritura” (Un año 9-10). Ciertamente, no es difícil hallar afinidades numerosas entre ambas textualidades, ya en las indagaciones sobre la “metafísica de lo concreto” preconizada por Louis Aragon, ya en un experimentalismo que lleva al lector cómplice a ver la obra como proceso y desde dentro. En Museo de la Novela de la Eterna se nos advierte: “Éste será un libro de eminente frangollo, es decir de la máxima descortesía en que puede incurrirse con un lector, salvo otra descortesía mayor aún, tan usada: la del libro vacío y perfecto” (Fernández 140). En los pasajes emarianos hallamos la misma proyección del proceso de la escritura una y otra vez: “aquí, ruego al lector seguirme con atención. Aconteció lo siguiente. Pero antes debo explicar lo que habría acontecido si no hubiese acontecido lo que aconteció” (Ayer 35). Particularmente patente se hace la actitud en Miltín, inclasificable sucesión de ensayos de creación que, al igual que el Tristram Shandy de Sterne (5), se construye como relato especular, o como “retrato del artista” (Lizama 954). El autor –homo ludens– comienza una y otra vez la historia de Martín Quilpué, se distrae y vuelve a intentarlo desde otros ángulos, en un círculo vicioso que nunca lleva a ninguna parte, y que será al fin roto por otro personaje, Rubén de Loa, quien lo increpa con furia, de algún modo interpretando los desconciertos del probable lector: “¡Al cuerno con tu hombre Martín Quilpué! Ya lo has hecho pasar por entre espigas, leche, pájaros, miel, bestias, semen, pan, sudor, flores y sangre... ¿Qué más deseas? ¿O no vas a dejar nada sin que lo atraviese ese hombre majadero?” (Miltín 234). Intenta igualmente comenzar otros proyectos de escritura, y le ocurre lo mismo, hasta que se le termina el tiempo; se cumplen los plazos establecidos y la novela acaba antes de empezar: “Así me hallaba el buen año al llegar: solo, triste, mudo, sin haber vuelto a ver al hombre Martín Quilpué, sin haber escrito el Cuento de Medianoche y, lo que es peor, ¡oh, Dios mío!, sin haberle encontrado un rol a Fredegunda” (Id. 241).

Pero tal vez más intenso sea el caso de las afinidades literarias entre Juan Emar y Felisberto Hernández –ambos a menudo relacionados con Proust y Kafka–, que se ramifica por vertientes muy diversas, entre las que no falta la mencionada vocación metaliteraria, que invita al lector a la trastienda del texto. Desde luego, abundan también en el uruguayo los ejemplos de la literarización del proceso creador, análogos a los anotados: en Fulano de tal presenta un “Prólogo de un libro que nunca pude empezar” (I 15); en Filosofía de gángster pide al lector: “que interrumpas la lectura de este libro el mayor número posible de veces: tal vez, casi seguro, lo que tú pienses en esos intervalos, sea lo mejor de este libro” (I 98); en El taxi insiste en la misma línea: “Estimado colega: sí, sí, me refiero a ti, lector, que te miro por los ojos, agujeros, cuerpos y desde los ángulos de estas letras […] He tomado una metáfora de alquiler y me dirijo a ‘la oficina’” (I 98-99). Cabe recordar igualmente el Diario del sinvergüenza: “Una noche el autor de este trabajo descubre que su cuerpo, al cual llama “el sinvergüenza”, no es de él; que su cabeza, a quien llama “ella”, lleva, además, una vida aparte” (III 245). A esa actitud compartida se han de sumar otras muchas, como la común recurrencia a los mecanismos de lo fantástico, el divertimento que se desplaza de la travesura infantil al humor negro, o la desrealización, la disgregación del individuo, las metamorfosis inquietantes o la consagración del absurdo. Ciertamente las confluencias de ambas poéticas merecerían una extensión mayor que la que permiten estas páginas, pero basten algunas muestras para documentarlas.

Uno de los recursos preferentes que ambos autores usan para irrumpir en lo irreal es la ruptura de fronteras entre entidades abstractas y concretas. En las páginas emarianas encontramos pasajes como los que siguen: “no dejaba de tener su cierta gracia eso de ver un profundo conocimiento convertido en tres mosquitas y que una de ellas, es decir un tercio de él, estuviese en la sala de baño lavándose las manos” (Ayer 8); “De la cabeza, cuando marcha, le caen números al suelo” (Miltín 9); “Yo iba totalmente distraído, tan distraído que, al quedar cabeza abajo, una idea se me cayó” (Miltín 152). El paralelismo de Hernández es patente: “allí mismo empezaron a levantarse esqueletos de pensamientos –no sé qué gusanos les habrían comido la ternura” (II 44); “mi cabeza era como un salón donde los pensamientos hacían gimnasia [...] cuando ella vino todos los pensamientos saltaron por las ventanas” (II 164); “Yo creo que en todo el cuerpo habitan pensamientos, aunque no todos vayan a la cabeza y se vistan de palabras. Yo sé que por el cuerpo andan pensamientos descalzos” (III 33).

Otro ejemplo interesante de afinidades y confluencias puede hallarse entre Un año de Emar y el cuento “Muebles ‘El Canario’”, de Hernández. El humor absurdo, aliado con lo prodigioso y lo fantástico, puede constatarse en pasajes narrativos a los que el azar otorga sorprendente simetría. En el primer caso, el capítulo de ese “diario” dedicado a noviembre nos presenta a un sujeto que ha de operarse “de la oreja y del teléfono”, porque tras conversar con su novia, la risa despiadada de ella queda instalada en el interior de su oreja, e igualmente el auricular queda ahí pegado (“Camila ríe, Camila ríe, Camila tintinea y clava hielos y alfileres sobre mi corazón lacerado”, 101). Sin embargo, tras la intervención quirúrgica “toda voluptuosidad en el dolor ha desaparecido. Ahora todo retumba con estrépito. Y para saber a qué atenerme en este que se me antoja un caos infernal, no me queda más que volver a marcar el número 52061 y esperar” (103). En el cuento hernandiano, al protagonista le inyectan, durante un viaje en tranvía, algo que le producirá inquietantes efectos: en su cabeza comienza a sonar una transmisión de radio que no hay modo de detener, y que lo impulsa de nuevo a salir a la calle, desesperadamente en búsqueda de un antídoto contra el maleficio. No obstante, también hay divergencias entre ambas poéticas y, tal vez, entre ellas, cabe destacar el contraste entre el individualismo del uruguayo y la crítica incisiva y constante que se formula en los textos del chileno hacia la sociedad de su época, cuya dureza ésta no quiso perdonar, y que tiene como bestias negras a la burguesía, el clero y todo lo que huela a intolerancia y represión; como el Chaplin de Tiempos Modernos, Emar presenta al sujeto escindido, alterado, sin eje de equilibrio ni centro frente a una cotidianidad enajenadora y alienante que lo atormenta o lo anula, y sus imprecaciones se hacen feroces.

Interminablemente podría continuar el tránsito por la red textual emariana, su laberinto de prodigios. El diálogo fecundo que interpreta se proyecta hacia las voces pasadas y las venideras, que recorren juntas los dédalos del tiempo y sus incertidumbres. Las palabras transitan esos circuitos siempre distintas –como en el río de Heráclito tantas veces invocado por Borges–, para hablar de la asfixia del sujeto atrapado en su delirio y su soledad, y también de ese laberinto otro, el del consuelo hallado en la madeja literaria –tiempo y palabra–, donde no hay necesaria respuesta a perplejidades, dudas o conjeturas, pero siempre queda la invitación al viaje y al descubrimiento.

Bibliografía

- Artaud, Antonin. El teatro y su doble. Barcelona: EDHASA, 1978. - Baudelaire, Charles. Mi corazón al desnudo. Madrid: Felmar, 1975. - Blake, William. Poesía completa. vol. 2. Barcelona: Ediciones 29, 1985. - Breton, André. Manifiestos del surrealismo. Madrid: Guadarrama, 1974. - Canseco-Jerez, Alejandro. “Juan Emar arquitecto de la prosa. Elementos de poética y recepción”. Revista Chilena de Literatura 39 (1992): 23-36. ____________La vanguardia chilena: Santiago-París. París: ACJB Editions, 2001. - Darío, Rubén. Los raros. Madrid: Biblioteca Rubén Darío, 1929. - Durozoi, G. y B. Lecherbonnier. El surrealismo. Madrid: Guadarrama, 1974. - Emar, Juan. Miltín 1934. Santiago de Chile: Zig-Zag, 1935. ___________ Diez. Cuatro animales, tres mujeres, dos sitios, un vicio. Santiago: Universitaria, 1971. ___________ Ayer. Santiago de Chile: Zig-Zag, 1985. ___________ Un año. Santiago de Chile: Sudamericana, 1996. - Fernández, Macedonio. Museo de la Novela de la Eterna. Madrid: Cátedra, 1995. - Hernández, Felisberto. Obras completas, 3 vols. México: Siglo XXI, 1983. - Lautréamont. Los cantos de Maldoror y otros textos. Barcelona: Barral, 1970. - Lizama, Patricio. “Jean Emar / Juan Emar: la vanguardia en Chile”. Revista Iberoamericana 60, 168-169. (1994): 945-959. - Neruda, Pablo. “J.E”, en Emar (1971): 9-10. ___________ Obras completas. Buenos Aires: Losada, 1973. - Paz, Octavio. Los hijos del limo. Barcelona: Seix Barral, 1987. - Rimbaud, Arthur. Una temporada en el infierno. Madrid: Visor, 1979. - Sterne, Laurence. Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero. Barcelona: Planeta, 1976. - Varela, Juan. El pájaro verde. Barcelona: La Gaya Ciencia, 1973.

Notas

(1) De raigambre ducassiana es igualmente el siguiente pasaje de Miltín: “La lluvia se desplomaba fuera del matorral, fría, fina y aceitosa y en el sexo una arañita tejía su aceite y su veneno. Yo dormía al costado de la lluvia, dormía fragancias de matorral y soñaba que muchas lágrimas sin color se enredaban en el aceite de la tela mientras la arañita tejía y tejía con la lluvia fina y fría y con mi cuerpo en su veneno. Me agazapé entonces bajo la carótida derecha y esperé, o que la lluvia cesara o que el sexo, maduro, se desprendiera y al caer salpicara de lodo las hojas húmedas del matorral. La arañita sigilosa aprovechó todo eso para picar. Y picó. En la carótida, se entiende. No es justamente así. Digamos mejor: llueve la arañita envolviéndola aceitosa el alma tan grande mía. ¿Será así?” (12). (2) “[...] querido Satanás, te conjuro [...] tú que amas en el escritor la falta de facultades descriptivas o instructivas, arranca estas pocas páginas de mi carnet de condenado” (Rimbaud, Una temporada en el infierno 48). (3) “Quiero ser poeta, y trabajo para volverme vidente: se trata de llegar a lo desconocido a través del desbarajuste de todos los sentidos. Los sufrimientos son enormes pero hay que resistir, hay que haber nacido poeta, y me he reconocido poeta. No es totalmente culpa mía. Es una falsedad decir: pienso. Habría que decir: Me piensan [...] Yo es otro” (carta de Rimbaud, de 1871, cit. por Durozoi y Lecherbonier 22). (4) “La casa de Huidobro (Rue Victor Massé), y la casa de Pilo Yáñez (Boulevard Raspail) son espacios sociales que se emparentan con lo que antaño se denominaba ‘salones literarios’, lugares generosamente calefaccionados donde literatura y arte se reconcilian con el confort y la buena mesa. Los chilenos han tejido estrechos lazos de amistad con Guillaume Apollinaire, Max Jacob, Jean Cocteau, Juan Gris, Pablo Picasso, Hans Arp, Jacques Lipschitz, Tristan Tzara y André Breton” (Canseco-Jerez 2001 58-59). (5) El autor irlandés bromeaba igualmente con su lector cómplice: “me siento no poco orgulloso de que hasta ahora el lector no haya conseguido adivinar nada de lo que le proponía. Y con esto, caballero, me siento tan contento que si pensara que fuerais capaz de formaros un juicio o una probable conjetura de lo que va a venir en la página siguiente, rompería este libro en mil pedazos” (Sterne 79).

viernes, 18 de marzo de 2011

Pehuén editores presenta Miltín de Juan Emar en edición ilustrada



Miltín 1934 Juan Emar; ilustraciones: Daniel Blanco P. ISBN: 9789561605107 20 x 26 cm (tapa dura) / 32 pp 

 Cuento que narra la historia de Miltín -cacique mapuche- y la derrota de su pueblo a manos de Pedro de Valdivia y sus huestes. A orillas del estero Puangue y en la cumbre del cerro homónimo al cacique, es donde ocurre esta inusitada parodia. El texto, escrito hace más de 70 años, mantiene con asombrosa vigencia su carácter de vanguardista. Juan Emar mezcla y enfrenta con audacia los imaginarios surgidos del encuentro de dos pueblos y de una guerra que se extiende siglo tras siglo hasta el día de hoy, de la cual el pueblo mapuche, al igual como ocurre en el cuento, saca la peor de las partes. Tal vez el desconsolado llanto de Miltín, interpretado por el pueblo cristiano como una señal de clarividencia, no era por causa de las tragedias que a ellos sucederían, sino más bien por las que caerían sobre su propio pueblo: jamás derribado, pero perseguido y vapuleado. Ver Páginas en PDF PDF preview

Más información en:

http://www.pehuen.cl http://pehuen.cl/Catalogo/pinguino.html http://www.flickr.com/photos/behemot

Para los interesados en la obra de Juan Emar y la relación comic / literatura, o literatura ilustrada, Cinosargo los invita a visitar su proyecto Nómada, Antología gráfica del cuento Chileno en la cual se adaptó el cuento Unicornio, del libro Diez de Juan Emar. Más información en www.cinosargo.com




Segunda Muestra de Nómada (Cinosargo 2011) El Unicornio de Juan Emar.

Dibujos de Esteban Morales. 


lunes, 7 de febrero de 2011

Sobra el tiempo [Reedición de Diez de Juan Emar]



Sobra el tiempo

Por Damián Tabarovsky http://www.perfil.com/

No me gusta el género “de próxima aparición” en la solapa de los libros. Me parece que envejece demasiado pronto y deja el volumen en una especie de ansiedad por un futuro que rápidamente se cumple: a los pocos meses, la aparición “próxima” se hizo realidad, y el libro carga con un anacronismo por décadas. Quizá tenga que ver con que, para mí, a diferencia de los editores tradicionales, el libro tiene una segunda vida mucho más larga que los tres meses de la mesa de novedades: la librería de viejos (¡en realidad ésa es su primera vida, lo anterior no tiene demasiada importancia!). Ningún autor debe aspirar a ver su libro saldado, pero todo buen escritor debería desear encontrar, años después, su libro en una buena librería de viejos. Podría decirse que ése es mi criterio de éxito literario: ni la fama ni los premios ni las críticas ni ser traducido ni publicar en España, ni mucho menos ser convocado para escribir una columna dominical en un diario. No. Nada de eso. Tan sólo aspirar a la eternidad transitoria de un anaquel en una buena librería de viejos, a un precio razonable, si es posible.

En cambio, me gusta mucho el “de próxima aparición” en las páginas web de las editoriales. En la web, el cambio permanente es la rutina y entonces la frase convoca a un optimismo, a una fe en los libros por venir, que se me vuelve enternecedor. Si hay una editorial optimista en Buenos Aires es Mansalva. En la sección Próximos Títulos de su sitio, aparecen… ¡quince libros! Es cierto que los dos primeros –uno de Catón y otro de Inés Acevedo– ya se han publicado, pero no lo tomo como un error, sino como una muestra de doble optimismo (¡serán reeditados próximamente!). En el puesto catorce aparece La casa de cartón, de Martín Adán, de 1928, uno de los más grandes textos de la vanguardia peruana; o mejor dicho, del español en general. Dentro del catálogo de Mansalva, podría decirse que viene a hacer sistema con Diez, de Juan Emar, cuya edición original en Chile es de 1938, y que Mansalva editó aquí a mediados del año pasado con un prólogo de César Aira que retoma, con algunos sutiles cambios, parte de lo que ya había escrito en su Diccionario de autores latinoamericanos. Darle el prólogo a Aira es un acto de justicia: somos muchos los que conocimos a Emar gracias a él. No deja de ser bastante impresionante la forma en la que Aira lee la literatura del siglo XX, al punto de influenciar la opinión de críticos latinoamericanos sobre escritores de sus propios países. Recuerdo ahora al menos dos casos: El del Diccionario crítico de la literatura mexicana, del siempre agudo Christopher Domínguez Michael, que en su entrada sobre Elena Garro se apoya en lo escrito por Aira en su propio Diccionario… y el reciente No leer, compilación de ensayos del escritor chileno Alejandro Zambra, que en su análisis de la obra de Adolfo Couve retoma lo escrito por Aira en un ensayo anterior. Pero volvamos a Mansalva y a Emar: si en su prólogo Aira lucha por sacarlo de la influencia de Neruda, quien, obviamente mucho antes, había prologado el mismo libro (en su entrada del Diccionario… va aún más lejos y lo aleja de Neruda para acercarlo a Raymond Roussel) es porque Diez amerita ser leído como una anomalía, como un recorrido apartado del carril central de la literatura chilena. Emar no pertenece a la categoría de “raro”, tal como la definió Rubén Darío, ni mucho menos a la de “excéntrico”, tan cercana al dandismo. Su literatura es otra cosa, se asemeja al despilfarro, al puro gasto, a la dilapidación del sentido.

Me temo que ya casi no tengo espacio para avanzar sobre La casa de cartón, de Adán. Quizá no sea necesario hacerlo ahora, puedo esperar a que Mansalva lo publique. Si hay algo que sobra en la literatura, es el tiempo.